jueves, 29 de septiembre de 2011

EL CANTO DEL RUISEÑOR, “LIBRE SOY, SIÉNTEME LIBRE, SOLO POR AMOR”. POR LA POESÍA, POR LA UTOPÍA, POR LOS SUEÑOS…

 

En esta Familia hay mucha belleza, la belleza se presenta de muchas formas, detrás de esa belleza, siempre está el Amor escondido…Hay belleza en los gestos cotidianos realizados con amor, en una genuina sonrisa, en una caricia hecha con una mirada llena de amor, y también hay belleza, MUCHA BELLEZA en el Canto del Ruiseñor, en el Canto de la Verdad Dinámica, en el Canto del Ruiseñor que encarna tan bellamente Igneón.

rossigno_jp_122 ‘Mi Ruiseñor’ le llama la Madre Amor. Ella hoy le ha convocado para dar un mensaje a través de él a todos sus hijos e hijas, para reunificarlos en sí mismos en la visión del verdadero Amor que en ellos está, Amor que permanece invisible, pero que les insufla la Vida y les sostiene a cada paso del Camino, también de forma invisible. Al Amor no se le ve, pero se le SIENTE, en cada bello gesto de Amor que los seres humanos nos prodigamos, en cada contemplación de la Naturaleza que nos rodea, que es un bello canto al Amor, a la esencia femenina que nos da la Vida.

A esa Naturaleza fragante, verde clorofila, verde esperanza, volvemos radiantes, contentos y confiados. Esa Naturaleza Viva está tomando forma cada vez más en nuestra Madre Tierra, que retoma su verdadera esencia, la de la Biblioteca Viviente de nuestro Universo.

Os dejo con este bello cuento del Ruiseñor. Al Ruiseñor podrán atraparle los negros cuervos, -y solo lo podrán hacer durante un tiempo- pero jamás atraparán su alma ni acallarán su Verdad Dinámica.

Nuestro Ruiseñor, Igneón, a diferencia de esta bella historia, no se ha muerto, sino que hoy ha traspasado los barrotes que le llevan a su Libertad. Ya emprende el vuelo, alto, ligero y agradecido a la esencia que le da la Vida: EL AMOR VIVIENTE.

 

MATAR A UN RUISEÑOR, historia simbólica del poeta español Miguel Hernández, y de todos los soñadores a los que no pueden ni podrán acallar jamás su voz, aunque los ‘maten’

(Fuente, que os aconsejo visitar: http://clandestinodeactores.com/laplacenta/?p=3129 Leer la historia del creador de la página, un sueño hecho realidad)

Hace muchos años, en un pequeño pueblo donde siempre había sol, vivía un ruiseñor al que lo que más le gustaba era volar por el campo y cantar.

Desde siempre él había soñado con poder cantar la canción más bella que se ha escrito jamás para que todo el mundo la pudiera disfrutar. Su familia era muy pobre y todos tenían que trabajar para conseguir traer comida al nido. Por eso, un día, el pequeño ruiseñor tuvo que dejar de ir al colegio donde aprendía a cantar para traer comida a casa. A partir de entonces, cada mañana, al alba, salía a trabajar en los campos donde sólo se oía el rumor de esquilas y la canción del viento sobre los árboles.

En el pueblo se quedaban sus amigos, los otros ruiseñores jóvenes que, fascinados con su trino y con la maravillosa melodía de sus canciones, le pedían una y otra vez que nunca dejase de cantar. No tardó en llegar el día en que ya nadie en el pueblo podía enseñarle algún secreto sobre el arte de cantar. La única manera de seguir aprendiendo era yendo a los campos que rodean la gran ciudad, unos campos donde vivían ruiseñores venidos de todas partes del mundo y que, cada noche, con la luz de la primera estrella, se ponían a cantar. Cuentan los más viejos del lugar que nunca como entonces se había alcanzado tanta belleza en el trino de todos aquellos soñadores sin remedio que vivían por y para la música.

Una mañana se reunieron todos los amigos del joven ruiseñor y acordaron ayudarle a ir a la gran ciudad. Cada uno aportó lo que pudo para que pudiese emprender el gran viaje…

En la inmensidad de aquella gran ciudad se sintió muy sólo. No conocía a nadie y eran muchas las puertas que encontró cerradas. Pero, poco después, otro joven ruiseñor que también cantaba muy bien y que conocía a todos los demás pájaros de la ciudad, decidió ayudarle dándole una oportunidad. El joven ruiseñor cantó sus canciones delante de todos los pájaros, pero no obtuvo la aceptación que esperaba y sólo unos pocos se interesaron de verdad por su canción. Cabizbajo y triste regresó a su pueblo, pero pronto se repuso porque era tal la necesidad de cantar aquella canción que sentía en su interior que nada ni nadie le podía parar. Siguió cantando y cantando y meses después, cuando ya estuvo preparado para ir de nuevo a la gran ciudad, se despidió de su familia y emprendió de nuevo el vuelo.

Esta vez a aquel joven ruiseñor que le ayudó en su primer viaje le acompañaban muchos más. Fueron muchos los amigos que hizo en la gran ciudad y fueron muchos los que le ayudaron descubriéndole un mundo que él ni siquiera había soñado que existía. Aunque sus canciones eran cada vez más bellas y era
mucho lo que aprendía cada día, el joven ruiseñor no podía quedarse allí porque su familia necesitaba la ayuda de su trabajo para poder vivir.

Durante varios años vivió entre su pequeño pueblo y la gran ciudad donde, cada vez, eran más y más los amigos que tenía. En la ciudad encontró algún trabajo que le permitía subsistir y tener tiempo libre para reunirse con sus amigos y aprender todo lo que podían enseñarle. Ya eran muchos los que le conocían allí, le querían y le admiraban. Pero él no olvidaba su pequeño pueblo, y menos desde que había conocido a una pequeña hembra de un plumaje tan brillante y suave como sus canciones. Enamorado del amor, de la música, de la belleza de los campos, del valor de la amistad y, sobre todo, de aquella pequeña pajarilla que le había robado el corazón, las canciones que escribía cada día se hacían más únicas y más bellas. Cada nota era la justa, nada sobraba en aquellos cantos esenciales que iluminaban el alma, todo estaba allí…

Las penurias económicas seguían acechando al joven ruiseñor, aunque él nunca se quejaba.

Mucho más le preocupaba el vuelo cada vez más amenazador de unos cuervos negros que, a todas horas y venidos de todas partes, interrumpían continuamente la vida de los ruiseñores y de todos los demás pájaros con unos gritos agudos y espeluznantes que todo lo invadían. Nadie sabía de dónde habían salido, dónde anidaban ni cuántos serían, pero cada día eran más los cuervos negros que sobrevolaban amenazadores todos los cielos del país.

Por aquellos días el joven ruiseñor tuvo su primer hijo. Su amor, su gran amor, le había dado lo que él más quería: un hijo a quien poder enseñar y con quien poder compartir todos los secretos del arte de cantar. Pero pocos meses después, cuando ni siquiera había cumplido un año, el pequeño murió y el
corazón del joven ruiseñor se llenó de tristeza. No dejó de cantar, él nunca lo hizo, pero su canto había cambiado. La melancolía se adueñó de su silencio y, poco después, también lo hizo de sus canciones. Aún así se embarcó con muchos de sus amigos en una gran aventura: la de enseñar a cantar a todos los pájaros, sin importar familia, tamaño ni color. Fueron muchas las cosas que el joven ruiseñor enseñó allí, como también fueron muchas las cosas que aprendió, y una por encima de todas las demás: volar en libertad.

Volando alto y libre, su canto se llenó de esperanza. Las canciones que escribía pronto eran cantadas por los demás pájaros, que veían reflejada su vida en ellas. Sus cantos llegaban a todos los campos donde los pájaros, libres y alegres, los cantaban sin cesar. Todos querían conocer al joven ruiseñor, estar a su lado, compartir un vuelo con él…

Sin embargo no todo era bueno en aquellos días. En el pequeño pueblo murió el mejor amigo del joven ruiseñor. Destrozado por la pena, el ruiseñor escribió la canción de amor más bella que se ha escrito jamás…

La agresividad de los cuervos negros, empeñados en imponer sus canciones, iba en aumento y no tardó en llegar el día en que declararon la guerra a todos los demás pájaros. No querían que los pájaros cantasen y volasen libres, no podían permitirlo, preferían verlos a todos encerrados en jaulas porque la libertad les daba miedo; ellos nunca entendieron lo que significa la libertad. Fue mucha la sangre derramada, mucho el dolor que asoló todos los campos, muchos los inocentes que murieron, demasiada la barbarie que lo invadió todo…

Perdida la guerra, fueron muchos los pájaros que emprendieron el camino del exilio para poder seguir viviendo y soñando con volar. El joven ruiseñor intentó seguir aquel camino, pero alguien le traicionó y lo entregó a los cuervos que, como a todos, le encerraron en una jaula. Allí pasaron muchos días sin que él pudiese ver el sol o cantar al anochecer. Los cuervos no le dejaron cantar más, pero él, en silencio, siguió escribiendo sus canciones, unas canciones de amor como no se han escrito jamás. Entre los barrotes de aquella jaula, el joven ruiseñor escribía sin parar canciones de amor a su amada y preciosas nanas al nuevo hijo que le había dado… Pero en aquella jaula hacía mucho frío. La humedad era terrible y no tardó en enfermar. Enfermo, con las alas cortadas y sin poder volar, el joven ruiseñor murió pocos meses después en aquella jaula sin ver nunca más el sol. Han pasado muchos años desde entonces, cien desde que aquel ruiseñor nació, pero hoy, en todos los campos se sigue escuchando su canción, una canción que dice:

“De sangre en sangre vengo/como el mar de ola en ola,/de
color de amapola el alma tengo,/de amapola sin suerte es mi destino/y llego de
amapola en amapola/a dar en la cornada de mi sino…

… No puedo olvidar/que no tengo alas,/que no tengo
mar,/vereda ni nada/con que irte a besar…

… Cierra las puertas, echa la aldaba, carcelero/ata duro a
este hombre: no le atarás el alma./Son muchas llaves, muchos cerrojos,
injusticias:/no le atarás el alma…

… Porque dentro de la triste/guirnalda del eslabón,/del
sabor a carcelero/constante y a paredón,/y a precipicio en acecho,/alto, alegre,
libre soy./Alto, alegre, libre, libre,/sólo por amor./No, no hay cárcel para el
hombre./No podrán atarme, no./¿Quién encierra una sonrisa?/¿Quién amuralla una
voz?/A lo lejos tú, más sola/que la muerte, la una y yo./A lo lejos tú,
sintiendo/en tus brazos mi prisión,/en tus brazos donde late/la libertad de los
dos./Libre soy, siénteme libre/sólo por amor…

Miguel Hernández

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