lunes, 1 de agosto de 2011

BIOGRAFÍA DE ELISABETH KÜBLER-ROSS. ETAPA DEL OSO, SEGUNDA PARTE DE LA VIDA ADULTA DE ELI

Vive de tal forma que al mirar hacia atrás no lamentes haber desperdiciado la existencia.

Vive de tal forma que no lamentes las cosas que has hecho ni desees haber actuado de otra manera.

Vive con sinceridad y plenamente.

Vive.

rueda de la vidaCon estas frases se podría resumir lo que los seres humanos a punto de morir han sacado como enseñanza al enfrentarse a su propia muerte.

Eli nos transmite todo esto para que elijamos vivir la vida como si cada día fuera el último, para valorarla y bendecirla dando lo mejor de nosotros mismos a cada instante, a nosotros mismos y a los demás. No importa cuando empecemos a vivirla así, lo importante es que lo hagamos, en cualquier momento, a cualquier edad, para no tener luego que arrepentirse de no haberlo hecho antes de enfrentarse a la propia muerte, cuando ya es tarde para muchas cosas.

En esta entrega de la vida de Eli ella sigue buceando en la primera parte de su misión, traer algo totalmente desconocido en ese momento: experimentar bien la muerte, preparándose para ello con una buena vida, vivida de forma auténtica desde el corazón.

Así es como vivió ella siempre, de forma auténtica, haciendo lo que le dictaba su corazón, no lo que se esperaba de ella. Una vez más, me veo muy reflejada en mi querida Eli y su ejemplo, me da fuerzas para seguir con fe y determinación mi propio camino.

EL HOSPITAL ESTATAL DE MANHATTAN

Unas semanas antes de que Manny y yo comenzáramos nuestros nuevos trabajos, recibí una carta de mi padre. Era un mensaje serio pero teñido de ironía. Acababa de sufrir una embolia pulmonar y, según él, se aproximaba el final. Quería que lo visitáramos por última vez. También quería que lo examinara yo, su médica favorita, la única en quien confiaba. ¡Cuánto habíamos peleado por mi deseo de estudiar medicina!

Después de la pérdida de mi bebé y de la mudanza, Manny y yo estábamos agotadísimos. No teníamos el menor deseo de ir a Suiza. Pero la última petición de Sepph me había enseñado que no hay que hacer caso omiso de los deseos de un moribundo. Cuando desean hablar, no quieren decir mañana, quieren decir de inmediato. Así pues, Manny vendió su Impala nuevo para pagar los billetes de avión, y tres días después entramos en la habitación de mi padre en el hospital. La escena con que nos encontramos no era la que imaginábamos. En lugar de estar en su lecho de muerte, mi padre estaba levantado y con un aspecto muy saludable. Al día siguiente lo llevamos a casa.

Esa reacción exagerada no era propia de mi padre.

Tampoco era propio de Manny no decir nada después de haber vendido su coche para nada. Algo pasaba. Más adelante comprendí que cuando estaba en el hospital, mi padre debió de haber sentido la premonición de que necesitábamos reparar nuestra relación antes de que fuera demasiado tarde; y eso fue exactamente lo que ocurrió. Durante el resto de la semana mi padre filosofó conmigo acerca de la vida como jamás había hecho antes. Eso nos unió más que nunca, y creo que Manny comprendió que valía muchísimo más que cualquier coche.

A nuestro regreso a Nueva York comencé mi práctica como residente en el Hospital Estatal de Manhattan, donde no se tenía en mucho aprecio la vida. Fue en julio de 1959, uno de esos calurosos y pegajosos días de verano. Tenía todos los motivos del mundo para sentirme incómoda cuando entré en el hospital. Éste era un imponente y sobrecogedor conjunto de edificios de ladrillo, donde se albergaba a centenares de enfermos mentales muy graves. Eran los peores casos de trastorno mental. Algunos pasaban allí hasta veinte y más años.

Encontré increíble lo que vi allí; en esos edificios estaban hacinadas personas indigentes cuyos rostros contorsionados, gestos espasmódicos y gritos de angustia decían muy claro que estaban sufriendo un infierno en vida. Esa noche en mi diario definí lo visto como un "manicomio de pesadilla". Podría haber sido peor.

El pabellón al que me asignaron estaba en un edificio de una planta en el que vivían cuarenta esquizofrénicas crónicas. Me dijeron que todas estaban desahuciadas, no había remedio para ellas. Observé una sola cosa que podía explicar esa afirmación: la enfermera jefe. Era amiga del director y por lo tanto imponía sus propias reglas, entre las cuales estaba la de permitir circular libremente a sus adorados gatos por todo el pabellón. Estos orinaban por todos los rincones, y como las ventanas provistas de barrotes se mantenían cerradas, la fetidez era horrorosa. Al instante sentí compasión por mis compañeros de trabajo, el doctor Philippe Trochu, residente, y Grace Miller, asistenta social. Los dos eran personas humanitarias.

No lograba imaginarme cómo podían sobrevivir allí mis compañeros, aunque las pacientes lo tenían mucho peor. Las golpeaban con palos, las castigaban aplicándoles electrochoque y a veces las metían en bañeras con agua caliente hasta el cuello y las dejaban allí hasta 24 horas. A muchas se las usaba de cobayas humanos en experimentos con LSD, psilocibina y mescalina. Si protestaban, y todas lo hacían, las sometían a castigos aún más inhumanos.

En mi calidad de investigadora me encontré en el centro de ese nido de víboras. Mi trabajo oficial consistía en registrar los efectos de esos alucinógenos en las pacientes, pero después de escucharlas explicar las aterradoras visiones que les producían esas drogas, juré poner fin a esa práctica y cambiar la forma de llevar esa institución.

No sería difícil modificar los procedimientos rutinarios del hospital o de las enfermas. La mayoría permanecían arrinconadas en su sala o en la de recreación, totalmente ociosas, sin ningún tipo de ocupación, distracción ni estímulo. Por la mañana tenían que formar en fila para recibir los medicamentos que les provocaban un estado de estupor y les producían horrorosos efectos secundarios. El resto del día se las sometía a tratamientos similares. Vi que había motivos para administrar medicamentos como el Thorazine en la terapia para psicóticos, pero la mayoría de esas personas estaba medicada en exceso y eran víctimas de indiferencia y negligencia. En lugar de medicamentos, lo que necesitaban era atención y cariño.

Con la ayuda de mis compañeros de trabajo, cambié esas prácticas por otras que motivaran a las pacientes a ocuparse de sí mismas y cuidarse. Si deseaban Coca-cola y cigarrillos, tenían que ganarse el dinero para pagar esos privilegios. Debían levantarse a la hora, vestirse solas, peinarse y llegar a la fila a tiempo. Las que no podían, o no querían, realizar esas sencillas tareas, tenían que aceptar las consecuencias. El viernes por la noche les entregaba su paga. Algunas se bebían toda su cuota de Coca-cola y se fumaban todos los cigarrillos la primera noche. Pero obtuvimos resultados.

¿Qué sabía yo de psiquiatría? Nada. Pero sí sabía de la vida y abrí mi corazón a la desgracia, la soledad y el miedo que sentían esas mujeres. Si me hablaban, yo les contestaba; si me expresaban sus sentimientos, yo las escuchaba y les contestaba. Ellas lo notaron, y de pronto vieron que no estaban solas y dejaron de sentirse asustadas.

Tuve que batallar más con mi jefe que con las pacientes. Él se oponía a reducir los medicamentos, pero finalmente logré que las pacientes realizaran tareas de poca monta, pero productivas. Llenar cajas con lápices de rímel no era gran cosa, pero era mejor que estar sentadas drogadas en estado de trance. Después incluso comencé a sacar a la calle a las pacientes de mejor conducta. Les enseñé a viajar en metro, a hacer algunas compras y, en ocasiones especiales, incluso las llevé a los almacenes Macy’s. Mis pacientes sabían que me importaban y fueron mejorando.

En casa le contaba a Manny todas mis experiencias, todas las historias sobre mis pacientes, entre ellas la de una joven llamada Rachel. Era esquizofrénica catató-nica, y estaba clasificada entre las incurables. Durante años se había pasado los días de pie sin moverse de sitio en el patio. Nadie recordaba que alguna vez hubiera di-

cho una palabra o emitido algún sonido. Cuando pedí que la trasladaran a mi pabellón, todos pensaron que me había vuelto loca.

Pero una vez que estuvo a mi cuidado, la traté como a las demás. La obligaba a realizar tareas y a ponerse en medio del grupo para las fiestas de celebración, como Navidad y Chanukah, e incluso su propio cumpleaños. Al cabo de casi un año de atención, por fin habló. Ocurrió durante una terapia de actividades artísticas, mientras dibujaba. Un médico se detuvo a mirar lo que estaba dibujando y ella le preguntó: "¿Le gusta?"

Al cabo de poco tiempo Rachel salió del hospital, se buscó una casa para vivir sola y se dedicó a la serigrafía artística.

Yo me alegraba de todos los éxitos, los grandes y los pequeños, como aquel cuando un hombre que siempre estaba de cara a la pared se volvió a mirar al grupo. Pero al final del año me encontré ante una difícil elección. En mayo me invitaron a presentar nuevamente mi solicitud para el programa de pediatría en el Columbia Presbyterian. Me debatí entre seguir mis sueños o continuar con mis pacientes. Me parecía imposible decidirme, pero hacia el final de esa misma semana descubrí que estaba embarazada otra vez. Eso solucionó el problema.

Sin embargo, hacia fines de junio volví a sufrir un aborto espontáneo. Por eso me había negado a entusiasmarme mucho por mi embarazo. No quería volver a pasar por la tristeza y depresión, aunque eso era imposible de evitar. Mi tocólogo me dijo que era una de esas mujeres cuyos embarazos no llegan a término. No le creí, porque en mis sueños yo me veía con hijos. Esos abortos los atribuí al destino. Así pues, me quedé otro año en el Manhattan, donde mi objetivo era conseguir el alta de todas las pacientes posibles. Me dediqué a encontrarles trabajo fuera del hospital a la mayor parte de las pacientes funcionales. Salían por la mañana y volvían por la noche; aprendieron a emplear su dinero en comprar cosas más básicas que la Coca-cola y los cigarrillos. Mis superiores advirtieron mi éxito y me preguntaron en qué teoría se basaba mi método. Yo no tenía ninguna.

- Hago cualquier cosa que me parece correcta después de conocer a la paciente —les expliqué—. No se las puede atontar con drogas y luego esperar que mejoren. Hay que tratarlas como a personas. No me refiero a ellas como lo hacéis vosotros, no digo "Ah, la esquizofrénica de la sala tal o cual". Las conozco por sus nombres. Conozco sus hábitos. Y ellas responden.

El mayor éxito resultó ser el de la "casa abierta" que iniciamos entre la asistenta social Grace Miller y yo. Se invitó a las familias del barrio a visitar el hospital y a adoptar pacientes. En otras palabras, queríamos conseguir que personas absolutamente incapaces de establecer cualquier tipo de relación aprendieran a hacerlo. Algunas pacientes respondieron maravillosamente bien. Adquirieron un sentido de responsabilidad y finalidad para sus vidas. Algunas incluso aprendieron a hacer planes para el futuro.

La más maravillosa de todas fue una mujer llamada Alice. Cuando se aproximaba la fecha en que sería dada de alta después de haber pasado veinte años en la sala para enfermas mentales, un día sorprendió a todo el mundo con una petición muy poco común. Deseaba volver a ver a sus hijos. ¿Hijos? Nadie sabía allí que tuviera hijos.

Pero Grace hizo averiguaciones y descubrió que, en efecto, Alice tenía dos hijos. Los dos eran pequeños cuando la internaron en el hospital. Les habían dicho que su madre había muerto.

Mi colega asistenta social encontró a esos hijos, ya adultos, y les explicó el programa de "adopción" del hospital.

Les dijo que había una "señora sola" que necesitaba una familia adoptiva. En memoria de su madre ellos accedieron a adoptarla. A ninguno se le informó de la verdadera identidad de la señora. Pero jamás olvidaré la increíble sonrisa de Alice cuando estuvo ante los hijos que ella creía que la habían abandonado. Por fin, una vez que salió del hospital, los hijos la llevaron a formar nuevamente parte de su familia. -

Y hablando de familia, Manny y yo seguíamos intentando comenzar la nuestra. En el otoño de 1959 volví a quedar embarazada. El nacimiento estaba previsto para mediados de junio. Durante nueve meses Manny me trató como si me pudiera romper. No sé por qué, pero yo sabía que no iba a perder ese bebé. En lugar de preocuparme por otro aborto, me imaginaba al bebé, niñito o niñita. Me imaginaba cómo lo mimaría. Pensándolo bien, la vida era difícil, cada día nos presentaba un nuevo reto. Yo me preguntaba cómo es posible que una persona en su sano juicio desee traer otra vida al mundo. Pero entonces pensaba en la belleza del mundo y me reía. ¿Por qué no? Nos mudamos a un apartamento en el Bronx. Era más grande que las dos casas anteriores. Alrededor de una semana antes del parto, mi madre llegó en avión para ayudarme con el bebé. No se molestó en lo más mínimo porque yo me retrasara al ir a recogerla; eso le dio tiempo para visitar Macy’s y las otras tiendas.

Cuando habían pasado tres semanas de la fecha y no ocurría nada, Manny y yo comenzamos a recorrer en coche las calles adoquinadas de Brooklyn. Buscábamos los baches para pasar por encima. Lo gracioso fue que por fin me comenzaron los dolores del parto cuando estábamos atascados en la carretera de Long Island en medio de una tormenta. Siguiendo nuestro plan, nos dirigimos al hospital Glen Cove. Después de quince horas de parto comencé a hacer progresos, pero ya los médicos habían decidido intervenir con fórceps. Yo era contraria a esos procedimientos, pero en ese momento estaba demasiado agotada para que me importara. Simplemente deseaba estrechar en mis brazos un bebé sano. Lo único que recuerdo fue mi chillido. Después me colocaron en los brazos un precioso niño sano, con los ojos abiertos, que escudriñaba el nuevo mundo que lo rodeaba. Era el bebé más hermoso que había visto en mi vida. Lo examiné minuciosamente. Era un niño, mi hijo. Pesó cerca de 3,700 kilos; su cabecita estaba coronada por una mata de pelo oscuro y tenía las pestañas más preciosas, largas y oscuras que habíamos visto en un bebé. Manny le puso Kenneth. Ni mi madre ni yo lográbamos pronunciar bien la "th" final de su nombre, pero no nos importó. Estábamos fascinadas por su llegada.

Habíamos acordado dejar que nuestros hijos decidieran por sí mismos en cuestiones de religión cuando tuvieran la edad suficiente, pero de todos modos Manny insistió en que lo circuncidaran. Era por su familia. Pero cuando me enteré de que iba a llegar un rabino, me imaginé una circuncisión y después una Bar Mitzvah”” y eso ya me pareció demasiado.

Nota : Bar Mitzvah: Ceremonia religiosa judía por la cual un chico de trece años entra a formar parte de la comunidad adulta.

El pediatra de Kenneth me calmó informándome de un problema médico. El bebé tenía dificultades para orinar, tenía cerrado el prepucio. Tendría que practicarle una circuncisión inmediatamente. Aunque medio aturdida todavía, me bajé de la cama de un salto para ayudarle en la operación.

Me era imposible imaginar una felicidad más grande. Podía imaginarme más cansada, pero no más feliz, muchas veces he pensado maravillada cómo se las arregló mi madre con cuatro hijos, tres de las cuales llegamos de una sola vez. Pero como hacen todas las madres, ella decía que no había nada extraordinario en eso. Lo que no entendía era por qué yo iba a volver al trabajo. En ese tiempo eran muy pocas las mujeres que se las arreglaban para criar hijos y tener una profesión al mismo tiempo. Supongo que yo fui una de esas mujeres que nunca vieron otra opción. Para mí, mi familia era lo más importante del mundo, pero también tenía que cumplir una vocación.

Después de pasar un mes en casa volví al Hospital Estatal de Manhattan, donde terminé mi segundo año de residencia. Entre mis logros allí se cuentan el haber puesto fin a los castigos más sádicos y haber conseguido el alta del noventa y cuatro por ciento de las esquizofrénicas "desahuciadas", que salieron a llevar vidas autosu-ficientes y productivas fuera del hospital. De todas formas necesitaba otro año más de residencia para ser una psiquiatra hecha y derecha. Todavía no encontraba muy apropiada la especialidad, pero Manny y yo estuvimos de acuerdo en que era demasiado tarde para comenzar de nuevo.

Solicité un puesto en el Montefiore, una institución más perfeccionada y que ofrecía más estímulo que el hospital estatal. Me llamaron para una entrevista, pero ésta no fue bien. Al parecer mi entrevistador, un médico de personalidad fría y displicente, sólo estaba interesado en humillarme. Sus preguntas pusieron en evidencia mi falta de conocimiento (e interés) acerca de los tratamientos para personas neuróticas, alcohólicas, con problemas sexuales y otros tipos de enfermedades no psicóticas, al mismo tiempo que le permitieron a él exhibir lo mucho que sabía. Pero sólo eran conocimientos librescos. En mi opinión, había una gran diferenaa entre lo que el sabia por sus lecturas y lo que yo había experimentado en el Manhattan, y aunque eso significaba poner en peligro mi admisión en el Montefiore,

- El conocimiento va muy bien -le dije- pero el conocimiento solo no va a sanar a nadie. Si no se usa.

VIVIR HASTA LA MUERTE

Al poco tiempo de ser aceptada en el Montefiore, donde me pusieron a cargo de la clínica psicofarmacológica y también hacía de consultora de enlace para otros departamentos, entre ellos el de neurología, un neurólogo me pidió que viera a uno de sus pacientes, un joven veinteañero que, según el diagnóstico, sufría de parálisis psicosomática y depresión. Después de hablar con él determiné que se encontraba en las últimas fases de esclerosis lateral amiotrófica, un trastorno incurable y degenerativo. "El paciente se está preparando para morir", informé.

El neurólogo no sólo estuvo en desacuerdo sino que además ridiculizó mi diagnóstico y alegó que el paciente sólo necesitaba tranquilizantes para curar su mórbido estado mental.

Pero a los pocos días murió el paciente.

Mi sinceridad no estaba en consonancia con la forma como se ejercía la medicina en los hospitales. Pasados unos meses observé que muchos médicos evitaban rutinariamente referirse a cualquier cosa que tuviera que ver con la muerte. A los enfermos moribundos se los trataba tan mal como a mis pacientes psiquiátricos del hospital estatal. Se los rechazaba y maltrataba. Nadie era sincero con ellos. Si un enfermo de cáncer preguntaba "¿Me voy a morir?", el médico le contestaba "¡Oh, no! no diga tonterías".

Yo no podía comportarme así.

Pero claro, no creo que en Montefiore ni en muchos otros hospitales hubieran visto a muchos médicos como yo. Pocos tenían experiencias como las de mis trabajos voluntarios en las aldeas europeas asoladas por la guerra, y menos aún eran madres, como yo lo era de mi hijo Kenneth. Además, mi trabajo con las enfermas esquizofrénicas me había demostrado que existe un poder sanador que trasciende los medicamentos, que trasciende la ciencia, y eso era lo que yo llevaba cada día a las salas del hospital. Durante mis visitas a los enfermos me sentaba en las camas, les cogía las manos y hablaba durante horas con ellos. Así aprendí que no existe ni un solo moribundo que no anhele cariño, contacto o comunicación. Los moribundos no desean ese distancia-miento sin riesgos que practican los médicos. Ansían sinceridad. Incluso a los pacientes cuya depresión los hacía, desear el suicidio era posible, aunque no siempre, convencerlos de que su vida todavía tenía sentido. "Cuénteme lo que está sufriendo —les decía—. Eso me servirá para ayudar a otras personas."

Pero, desgraciadamente, los casos más graves, esas personas que estaban en las últimas fases de la enfermedad, que estaban en el proceso de morir, eran las que recibían el peor trato. Se las ponía en las habitaciones más alejadas de los puestos de las enfermeras; se las obligaba a permanecer acostadas bajo fuertes luces que no podían apagar; no podían recibir visitas fuera de las horas prescritas; se las dejaba morir solas, como si la muerte fuera algo contagioso.

Yo me negué a seguir esas prácticas. Las encontraba injustas y equivocadas. De modo que me quedaba con los moribundos todo el tiempo que hiciera falta, y les decía que lo haría.

Aunque trabajaba por todo el hospital, me sentía atraída hacia las habitaciones de los casos más graves, de los moribundos. Ellos fueron los mejores maestros que he tenido en mi vida. Los observaba debatirse para aceptar su destino; los oía arremeter contra Dios; no sabía qué decir cuando gritaban "¿por qué yo?", y los escuchaba hacer las paces con Él. Me di cuenta de que si había otro ser humano que se preocupara por ellos, llegaban a aceptar su sino. A ese proceso lo llamaría yo después las diferentes fases del morir, aunque puede aplicarse a la forma como enfrentamos cualquier tipo de pérdida.

Escuchando, llegué a saber que todos los moribundos saben que se están muriendo. No es cuestión de preguntarse "¿se lo decimos?" ni "¿lo sabe?".

La única pregunta es: "¿Soy capaz de oírlo?"

En otra parte del mundo mi padre estaba tratando de encontrar a alguien que lo escuchara. En septiembre mi madre llamó para informarnos de que mi padre estaba en el hospital, moribundo. Me aseguró que esta vez no se trataba de una falsa alarma. Manny no tenía tiempo libre, pero yo cogí a Kenneth y al día siguiente partí en el primer avión.

En el hospital vi que se estaba muriendo. Tenía septicemia, una infección mortal causada por una operación chapucera que le habían practicado en el codo. Se hallaba conectado con máquinas que le extraían el pus del abdomen. Estaba muy delgado y padecía muchos dolores. Los remedios ya no le hacían ningún efecto. Lo único que quería era irse a casa. Nadie le hacía caso. Su médico se negaba a dejarlo marchar, y por lo tanto el hospital también.

Pero mi padre amenazó con suicidarse si no le permitían morir en la paz y comodidad de su casa. Mi madre estaba tan cansada y angustiada que también amenazó con suicidarse. Yo conocía la historia de la que nadie hablaba en esos momentos. Mi abuelo, el padre de mi padre, que se había fracturado la columna, murió en un sanatorio. Su último deseo fue que lo llevaran a casa, pero mi padre se negó, prefiriendo hacer caso a los médicos. En esos momentos papá se encontraba en la misma situación.

Nadie en el hospital hizo el menor caso de que yo fuera médico. Me dijeron que podía llevármelo a casa si firmaba un documento que los eximiera de toda responsabilidad.

- El trayecto probablemente lo va a matar —me advirtió su médico.

Yo miré a mi padre, en la cama, impotente, aquejado de dolores y deseoso de irse a casa. La decisión era mía. En ese momento recordé mi caída en una grieta cuando andábamos de excursión por un glaciar. Si no hubiera sido por la cuerda que me lanzó y me enseñó a atarme, habría caído al abismo y no estaría viva. Yo iba a rescatarlo a él esta vez. Firmé el documento.

Mi tozudo padre, una vez conseguido lo que quería, deseó celebrarlo. Me pidió un vaso de su vino favorito, que yo había metido a hurtadillas en su habitación unos días antes. Mientras le ayudaba a sostener el vaso para que bebiera, vi cómo salía el vino por uno de los tubos que tenía insertados en el cuerpo. Entonces supe que era el momento de dejarlo marchar.

Una vez que el equipamiento médico estuvo instalado en su habitación, lo llevamos a casa. Yo iba sentada a su lado en la ambulancia, observando cómo se le alegraba el ánimo a medida que nos acercábamos a casa. De tanto en tanto me apretaba la mano para expresarme lo mucho que me agradecía todo eso. Cuando los auxiliares de la ambulancia lo llevaron a su dormitorio, vi lo marchito que estaba su cuerpo en otro tiempo tan fuerte y potente. Pero continuó dando órdenes a todo el mundo hasta cuando lo tuvieron instalado en su cama.

- Por fin en casa —musitó.

Durante los dos días siguientes dormitó apaciblemente. Cuando estaba consciente miraba fotografías de sus amadas montañas o sus trofeos de esquí. Mi madre y yo nos turnábamos para velar junto a su cama. Por el motivo que fuera, mis hermanas no pudieron ir a casa, pero llamaban continuamente.

Habíamos contratado a una enfermera, aunque yo asumí la responsabilidad de mantener a mi padre limpio y cómodo. Eso me recordó que ser enfermera es un arduo trabajo.

Cuando se aproximaba el final, mi padre se negó a comer, le dolía demasiado. Pero pedía diferentes botellas de vino de su bodega. Muy propio de él.

La penúltima noche lo observé dormir inquieto, molesto por terribles dolores. En un momento crítico le puse una inyección de morfina. Al día siguiente por la tarde ocurrió algo de lo más extraordinario. Mi padre despertó de su sueño agitado y me pidió que abriera la ventana para poder oír con más claridad las campanas de la iglesia. Estuvimos un rato escuchando las conocidas campanadas de la Kreuzkirche. Después comenzó a hablar con su padre, pidiéndole disculpas por haberlo dejado morir en ese horrible sanatorio. "Tal vez lo he pagado con estos sufrimientos", le dijo, y le prometió que lo vería pronto.

En medio de esa conversación se volvió a mí para pedirme un vaso de agua. Yo me maravillé de que se orientara tan bien y fuera capaz de pasar de una realidad a otra. Lógicamente, no oí ni vi a mi abuelo. Al parecer mi padre arregló muchísimos asuntos pendientes. Esa noche se debilitó considerablemente. Yo me acosté en una cama plegable junto a la suya. Por la mañana comprobé que estaba cómodo, le di un cariñoso beso en la frente, le apreté la mano y salí a prepararme un café en la cocina. Estuve fuera dos minutos. Cuando volví, mi padre estaba muerto.

Durante la media hora siguiente, mi madre y yo estuvimos sentadas junto a él despidiéndonos. Había sido un gran hombre, pero ya no estaba allí. Aquello que había conformado el ser de mi padre, la energía, el espíritu y la mente, ya no estaba. Su alma había salido volando de su cuerpo físico. Yo estaba segura de que su padre lo había guiado directo al cielo, donde ciertamente estaba envuelto en el amor incondicional de Dios. Entonces no tenía yo ningún conocimiento de la vida después de la muerte, pero estaba segura de que mi padre estaba finalmente en paz.

¿Qué hacer a continuación? Notifiqué su fallecimiento al Departamento de Salud de la ciudad, que no sólo se llevarían el cadáver sino que proporcionarían gratis el ataúd y la limusina para el funeral. Inexplicablemente, la enfermera que yo había contratado se marchó en cuanto se enteró de que mi padre había muerto y me transfirió la obligación de prodigar las últimas atenciones al cadáver. Una amiga, la doctora Bridgette Willisau, me prestó su generosa ayuda. Juntas lo lavamos, limpiamos el pus y las heces de su deteriorado cuerpo y lo vestimos con un bonito traje. Trabajamos en una especie de silencio religioso. Agradecida, pensé que mi padre había tenido la oportunidad de ver a Kenneth y que mi hijo había conocido a su abuelo aunque fuera por un breve período de tiempo. Yo nunca conocí a mis abuelos.

Cuando llegaron los dos funcionarios con el ataúd, mi padre estaba vestido sobre la cama en una habitación limpia y ordenada. Después de colocarlo con toda delicadeza dentro del féretro, uno de los hombres me llevó hacia un lado y me preguntó si quería coger algunas flores del jardín para ponérselas entre las manos. ¿Cómo lo sabía? ¿Cómo pude haberlo olvidado? Fue mi padre quien había estimulado mi amor por las flores, quien me había abierto los ojos a la belleza de la naturaleza. Corrí escaleras abajo llevando a Kenneth de la mano, y después de recoger los más hermosos crisantemos que pudimos encontrar los pusimos entre las manos de mi padre.

El funeral se celebró tres días después. En la misma capilla donde se casaron sus hijas, mi padre fue recordado por las personas con quienes había trabajado, por alumnos a los que había enseñado y por sus amigos del Club de Esquí. A excepción de mi hermano, toda la familia asistió al servicio, que acabó con sus himnos favoritos. Nuestro duelo duró algún tiempo más, pero a ninguno nos quedó ningún pesar. Esa noche escribí en mi diario: "Mi padre ha vivido de verdad hasta el momento de su muerte."

MI PRIMERA CONFERENCIA.

En 1962 ya me había convertido en una estadounidense; bastaron cuatro años para ello. Masticaba chicle, comía hamburguesas, tornaba cereales azucarados para desayunar y apoyaba a Kennedy contra Nixon. Preparé a mi madre para una de sus visitas con una carta en que le advertía: "No te escandalices demasiado al saber que para salir uso pantalones con tanta frecuencia como faldas."

Pero continuaba sintiendo una especie de inquietud, una sensación interior de que, a pesar de mi matrimonio y maternidad, aún no estaba establecida en la vida. No me sentía establecida. Traté de comprender eso escribiendo en mi diario: "Todavía no sé por qué estoy en Estados Unidos, pero tiene que haber un motivo. Sé que hay una frontera por allí y que alguna vez voy a internarme en el territorio desconocido."

No tengo idea de qué me hacía pensar eso, pero ese verano, tal como había pronosticado, viajamos al Oeste. Manny y yo encontramos puestos en la Universidad de Colorado, la única Facultad de Medicina del país que tenía vacantes en neuropatología y psiquiatría. Viajamos a Denver en el descapotable nuevo de Manny. Mi madre nos acompañó y nos ayudó a atender a Kenneth. Encontré maravilloso, majestuoso y amplio el paisaje; se renovó mi entusiasmo y mi pasión por la Madre Naturaleza. Llegados a Denver nos encontramos con que la casa aún no estaba totalmente lista. No importaba; dejamos aparcada la caravana en el camino de entrada y emprendimos un recorrido turístico. Visitamos al hermano de Manny en Los Ángeles y de ahí nos fuimos a Tijuana, y eso sólo porque mi madre, novata en la lectura de mapas, nos aseguró que estaba "al lado". A la vuelta yo tuve la idea de ir a la zona llamada Cuatro Esquinas, el punto de intersección de Arizona, Utah, Colorado y Nuevo México.

Fue una oportunidad fabulosa de contemplar las grandes mesetas, molas y rocas del valle Monument. Sentí una misteriosa afinidad con ese lugar, sobre todo cuando en la distancia divisé a una india a caballo. La escena me pareció tan familiar como si la hubiera visto antes; entonces sentí un estremecimiento de emoción al recordar mi sueño en el barco la noche anterior a nuestra llegada a Estados Unidos. No les dije nada a mi madre ni a Manny, pero esa noche, sentada en la cama, permití a mi mente hacer todas las preguntas que quisiera, por estrafalarias que parecieran. Después, para no olvidarlo, saqué mi diario y escribí:

Sé muy poco sobre la teoría de la reencarnación; siempre he tenido la tendencia a relacionar la reencarnación con personas de la nueva ola que explican sus vidas anteriores en una habitación llena de incienso. Ese no ha sido mi tipo de educación. Me siento a gusto en los laboratorios. Pero ahora sé que existen misterios de la mente, la psique, y el espíritu que no se pueden investigar al microscopio ni con reacciones químicas. A su tiempo sabré más; con el tiempo lo comprenderé.

En Denver volví a la realidad, en la que buscaba una finalidad para mi vida. Eso fue particularmente cierto en el hospital. Era psiquiatra, pero la psiquiatría normal no estaba hecha para mí. También traté de trabajar con adultos y niños aquejados de problemas. Pero lo que finalmente captó mi interés fue el tipo de psiquiatría intuitiva que había practicado con las esquizofrénicas en el Hospital Estatal de Manhattan, el tipo de interacción personal que sustituye a los medicamentos y las sesiones de grupo. Hablé de ello con mis colegas de la universidad, pero ninguno mostró aprobación ni me infundió aliento.

¿Qué podía hacer? Les pedí consejo a tres distinguidos y famosos psiquiatras; me sugirieron que me analizara en el famoso Instituto Psicoanalítico de Chicago, respuesta tradicional que en esos momentos no consideré práctica para mi vida.

Por aquel entonces asistí a una conferencia del catedrático Sydney Margohn, el respetado jefe del nuevo laboratorio de psicofisiología del departamento psiquiátrico. Desde el estrado, el profesor Margolin captaba poderosamente la atención. Era un hombre mayor, de largos cabellos grises que hablaba con un fuerte acento austríaco. Era un orador fascinante, un excelente actor. Después de unos minutos de escucharlo comprendí que era exactamente lo que necesitaba.

No resultaba sorprendente que sus charlas fueran muy populares. Asistí a varias. Daba la impresión de que se materializaba en el estrado. Los temas de sus charlas eran siempre una sorpresa. Un día me decidí a seguirlo a su despacho y me presenté. Él se mostró muy amable y pronto descubrí que era aún más fascinante al hablar con él personalmente. Conversamos muchísimo rato, en alemán y en inglés. Igual que en algunas de sus charlas, tocamos todos los temas. Aproveché para explicarle mi situación y él me habló de su interés por la tribu india ute.

A diferencia de sus colegas, no me dijo nada de ir a Chicago, sino que me animó a trabajar en su laboratorio. Acepté.

El profesor Margolin era un jefe difícil y exigente, pero el trabajar a sus órdenes en enfermedades psicosomáticas fue lo más gratificante que yo hiciera en Den-ver. A veces me limitaba a recomponer algún antiguo equipo electrónico desechado por otros departamentos que él aprovechaba. Eso me gustaba. Era un médico heterodoxo. Por ejemplo, en su equipo había un electricista, un hombre que sabía hacer de todo y una fiel secretaria. El laboratorio estaba lleno de instrumentos como polígrafos, electrocardiógrafos, etc. Al profesor Margohn le interesaba medir la relación entre los pensamientos y emociones de un paciente y su patología. Entre sus métodos estaba también la hipnosis, y creía en la reencarnación.

Mi felicidad en el trabajo se reflejaba en mi vida hogareña. Manny también estaba contento con su trabajo; era un importante conferenciante en el departamento de neurología. Nuestro hogar era todo lo que yo había soñado que sería la vida de familia. En el patio construí un jardín rocoso al estilo suizo en el que no faltaba una picea, flores alpinas y mi primera edelweiss norteamericana. Los fines de semana llevábamos a Kenneth al zoológico y hacíamos excursiones por las Rocosas. También pasábamos agradables veladas con el profesor Margolin y su esposa, escuchando música y conversando sobre diversos temas, desde las teorías de Freud hasta las de vidas anteriores.

Las desilusiones fueron pocas, pero importantes para nuestra familia. En 1964, nuestro segundo año en Den-ver, quedé embarazada dos veces y las dos veces perdí al bebé con un aborto espontáneo. Cada vez se me hacía más difícil soportar la frustración, más que la pérdida. Tanto Manny como yo deseábamos añadir otro hijo a nuestra prole. Yo quería tener dos hijos. Ya tenía a mi hijo. Si Dios era bueno, tendría también una hija. Decidí seguir intentándolo.

El catedrático Margolin viajaba con frecuencia. Un día me llamó a su despacho para anunciarme su próximo viaje a Europa, para una estancia de dos semanas. Yo pensé que sólo quería hablar de ciudades y lugares, como solíamos hacer cuando recordábamos nuestras muy viajadas juventudes. Pero en esta ocasión no se trataba de eso. Imprevisible como siempre, me designó para reemplazarlo en sus charlas en la Facultad de Medicina. Yo tardé un momento en captar su petición, pero cuando la entendí al instante comencé a sudar de nerviosismo.

No sólo lo consideré un honor, también me pareció algo imposible. El profesor Margolin era un orador animado e interesante cuyas conferencias semejaban más bien espectáculos intelectuales de un solo actor. Eran las que atraían mayor número de público en la facultad. ¿Cómo podía yo ponerme en su pellejo? Cuando me veía obligada a hablar delante de un grupo, fuera grande o pequeño, me invadían una timidez y una inseguridad terribles.

- Tiene dos semanas para prepararse —me dijo en tono tranquilizador—. Yo no sigo ningún plan preestablecido. Si quiere, eche una mirada a mis archivos. Elija cualquier terna que le apetezca.

Después del pánico surgió la obligación. Durante la semana siguiente me instalé en la biblioteca y leí libro tras libro tratando de encontrar un tema original. No roe entusiasmaba la psiquiatría al uso. Tampoco me gustaba la cantidad de medicamentos que se administraba a los pacientes para hacerlos "manejables". Descarté también todo lo que fuera demasiado especializado, por ejemplo todo lo que tratara de las diferentes psicosis. Al fin y al cabo, la mayoría de los alumnos que asistían a las conferencias estaban interesados en otras especialidades, no en psiquiatría.

Pero tenía que llenar dos horas y necesitaba un tema que aportara los conocimientos de psiquiatría que yo creía necesarios para los futuros médicos. ¿Qué podía interesar a un ortopedista o a un urólogo? Según mi experiencia, la mayoría, de los médicos se mostraban demasiado distanciados en su trato con los pacientes. Les hacía mucha falta enfrentarse a los sentimientos, temores y defensas normales que sentían las personas al entrar en el hospital. Necesitaban tratar a los pacientes como a seres humanos iguales que ellos.

Así pues, buscaba algo que tuvieran en común todos, pero por muchos libros que mirara, no se me ocurría nada.

De pronto un día me vino algo a la cabeza: la muerte. Todos los enfermos y médicos pensaban en ella. La mayoría la temían. Tarde o temprano, todos tendrían que enfrentarse a ella; eso era algo que médicos y enfermos tenían en común, y era probablemente el mayor misterio de la medicina. Y el mayor tabú también.

Ése fue mi tema. Busqué libros para investigarlo, pero en la biblioteca no había material, aparte de un difícil tratado psicoanalítico y unos cuantos estudios sociológicos sobre los ritos mortuorios de los budistas, judíos, indios norteamericanos y otros. Yo deseaba un enfoque distinto. Mi tesis era la simple idea de que los médicos se sentirían menos violentos ante la muerte si la entendieran mejor, si sencillamente hablaran de cómo es morir. Bueno, estaba sola y debía lanzarme. El catedrático

Margolin siempre dividía en dos partes sus charlas; dedicaba la primera a los aspectos teóricos, y en la segunda presentaba pruebas empíricas que respaldaran lo que había dicho antes. Trabajé más que nunca preparando la primera hora, y luego vi que tenía que inventar algo para la segunda.

¿Qué?

Durante varios días anduve por el hospital pensando, explorando y deseando que se me ocurriera algo. Un día, cuando hacía mi ronda de visitas, me senté en la cama de una chica de dieciséis años que iba a morir de leucemia. Estábamos hablando de su situación, como habíamos hecho muchas veces antes, cuando de pronto caí en la cuenta de que a Linda no le costaba esfuerzo alguno hablar de su estado con sinceridad y sin rodeos. El trato impersonal que le dispensaba su médico ahogaba las esperanzas que pudiera tener, pero Linda también expresaba libre y elocuentemente su rabia hacia su familia, que había adoptado una actitud errónea ante el hecho de que estuviera moribunda. Hacía poco su madre había hecho pública su situación, pidiendo a la gente que le enviaran tarjetas de felicitación para su cumpleaños, "Felices 16", porque estaba segura de que ése sería su último aniversario.

Ese día había llegado una inmensa saca con felicitaciones de cumpleaños. Todas las tarjetas eran bien intencionadas pero impersonales, escritas por personas totalmente desconocidas. Mientras conversábamos, Linda hizo a un lado las tarjetas con sus brazos delgaduchos y frágiles. Se le colorearon de rabia las pálidas mejillas y me dijo que en lugar de eso prefería visitas cariñosas de sus familiares.

- Ojalá pensaran en cómo me siento —exclamó—. Lo que quiero decir es ¿por qué yo? ¿Por qué Dios me eligió a mí para morir?

Me sentí fascinada por esa niña valiente y en ese momento supe que los alumnos de medicina tenían que oírla.

- Diles todas las cosas que nunca podrías decirle a tu madre —la insté—. Diles lo que es tener dieciséis años y estar moribunda. Si estás furiosa, expresa tu furia. Emplea las palabras que quieras. Simplemente habla con el alma y el corazón.

El día de la charla subí al estrado delante del enorme anfiteatro y leí mis notas mecanografiadas. Tal vez se debió a mi acento suizo, pero la reacción de los oyentes fue muy distinta de la que suscitaba el profesor Margolin. Los alumnos se comportaron francamente mal; masticaban chicle, hablaban entre ellos y en general se mostraron mal educados y groseros. De todos modos yo continué mi clase, preguntándome si alguno de esos alumnos sería capaz de dar una charla en francés o alemán. También pensé en las facultades de medicina suizas, donde los catedráticos inspiraban el mayor de los respetos a los alumnos. Nadie se atrevería a masticar chicle ni a murmurar durante la clase. Pero me encontraba a miles de kilómetros de mi tierra natal.

También estaba tan absorta en mi disertación que no me fijé en que hacia el final de la primera hora los alumnos estaban más callados y se comportaban mejor. Pero en esos momentos yo ya me sentía tranquila, pensando con ilusión en la sorpresa que les daría en la segunda mitad, al presentarles a una enferma moribunda. Durante el descanso fui a buscar a mi valiente chica de dieciséis años, que se había puesto un vestido muy bonito y se había peinado, y la llevé en silla de ruedas hasta el estrado en el centro del auditorio. Si yo había estado hecha un manojo de nervios durante la primera hora, los límpidos ojos castaños de Linda y su decidido mentón indicaban que estaba absolutamente tranquila y preparada.

Cuando los alumnos volvieron del descanso, ocuparon sus asientos nerviosos y en silencio, mientras yo presentaba a la chica y les explicaba que se había ofrecido generosamente a responder a sus preguntas sobre lo que es ser un enfermo terminal. Se produjo un ligero e inquieto revuelo al cambiar todos de posición en sus asientos, y después, silencio, un silencio tan profundo que llegaba a ser perturbador. Era evidente que los alumnos se sentían incómodos. Cuando pedí voluntarios, nadie levantó la mano. Finalmente elegí a unos cuantos, los llamé al estrado y les pedí que hicieran preguntas. Las únicas preguntas que se les ocurrieron eran relativas a los recuentos sanguíneos, tamaño del hígado, su reacción a la quimioterapia y otros detalles clínicos.

Cuando estaba claro que no iban a preguntarle nada acerca de sus sentimientos personales, decidí llevar la entrevista en la dirección que yo había imaginado. Pero no tuve necesidad de hacerlo. Linda perdió la paciencia con sus interrogadores y, en un apasionado ataque de rabia, clavó los ojos en ellos y planteó y contestó las preguntas que siempre había deseado le hicieran su médico y el equipo de especialistas. ¿Qué se siente cuando te dan sólo unas cuantas semanas de vida y tienes dieciséis años? ¿Cómo es no poder soñar con el baile de fin de curso al terminar los estudios secundarios? ¿O con salir con un chico? ¿O no tener que elegir una profesión para cuando seas mayor? ¿Qué se hace para vivir cada día? ¿Por qué no me dicen la verdad?

Cuando ya llevábamos cerca de media hora, Linda se cansó y la llevé a su cama; los alumnos se quedaron en un emotivo y atónito silencio casi reverencial. ¡Qué cambio se había producido en ellos! Aunque ya había pasado el tiempo de la charla, ninguno se levantó para marcharse. Querían hablar, pero no sabían qué decir, hasta que yo inicié la conversación. La mayoría reconoció que Linda los había conmovido hasta las lágrimas. Finalmente sugerí que si bien sus reacciones habían sido provocadas por la chica moribunda, se debían en realidad al reconocimiento de su propia mortalidad. Muchos de ellos no habían reflexionado nunca sobre los sentimientos y temores que provoca la posibilidad e inevitabilidad de la propia muerte. No podían dejar de pensar qué sentirían si estuvieran en el lugar de Linda.

- Ahora reaccionáis como seres humanos, no como científicos —comenté.

Silencio.

- Tal vez ahora no sólo vais a saber cómo se siente un moribundo sino también seréis capaces de tratarlos con compasión, con la misma compasión con que desearíais que os trataran a vosotros.

Agotada por la charla, me senté en mi consulta a beber café, y de pronto me puse a pensar en un accidente que sufrí cuando trabajaba en el laboratorio de Zúrich en 1943. Estaba mezclando unas sustancias químicas cuando se me cayó la redoma y estalló en llamas, provocándome quemaduras en las manos, la cara y la cabeza. Pasé dos semanas tremendamente dolorida en el hospital; no podía hablar ni mover las manos, y cada día los médicos me torturaban al quitarme las vendas y de paso arrancándome también la piel sensible; después me desinfectaban las heridas con nitrato de plata y las volvían a vendar. Su pronóstico era que jamás recuperaría la movilidad total de los dedos.

Pero por la noche, y sin que lo supiera mi médico, un técnico de laboratorio amigo entraba subrepticiarnente en mi habitación equipado con un artilugio de su invención con el que iba poniendo cada vez más peso en mis dedos para ejercitarlos lentamente. Era nuestro secreto. Una semana antes de que me dieran el alta, el médico llevó a un grupo de estudiantes de medicina para que me vieran. Mientras les explicaba mi caso y por qué me habían quedado mutilizables los dedos, yo reprimía un fuerte deseo de reírme, hasta que de pronto levanté la mano y moví los dedos, flexionándolos y doblándolos. Se quedaron pasmados.

- ¿Cómo? —me preguntó el médico.

Le conté mi secreto, y creo que todos aprendieron algo de él. Les cambió para siempre la forma de pensar.

Bueno, hacía sólo unas horas, Linda, de dieciséis años, había hecho lo mismo para un grupo de alumnos de medicina. Les había enseñado algo que yo también estaba aprendiendo: qué resulta valioso y oportuno al final de la vida y qué es un desperdicio de tiempo y energías. La verdad es que todos seguiríamos recordando las lecciones de su corta vida durante muchos años después de que muriera.

Había muchísimo que aprender sobre la vida escuchando a los moribundos.

MATERNIDAD.

Durante el tiempo en que di esas charlas, en las que también traté otros temas además del de la muerte, trabajé motivada por una finalidad, pero cuando volvió el profesor Margolin, tuve la impresión de que se desvanecía esa motivación. No obstante, la necesitaba tanto que envié una solicitud al Instituto Psicoanalítico de Chicago, aunque la sola idea de pasar cada día varias horas sometida al psicoanálisis era suficiente para odiarme a mí misma, y ese sentimiento se hizo más fuerte cuando a comienzos de 1963 me aceptaron la solicitud. Pero entonces tuve la disculpa para rechazarla: descubrí que estaba embarazada.

Al igual que me ocurriera con Kenneth, presentí que ese bebé iba a llegar a término. Incluso me hice una pequeña operación que según mi tocólogo era necesaria para "mantener al bebé en el horno". Pero durante los nueve meses estuve en perfecto estado de salud tanto en lo físico como en lo emocional. No tuve dificultad para compaginar mi trabajo en el hospital, donde llevaba un pabellón de personas muy perturbadas, con mi vida doméstica. Kenneth, que por entonces tenía tres años y era muy activo y alegre, estaba feliz ante la perspectiva de tener un hermanito o hermanita.

El 5 de diciembre de 1963 rompí aguas, cuando acababa de dar una charla. Era demasiado pronto para que comenzara el parto, pero me senté ante mi escritorio y le pedí a un alumno que llamara a Manny. Puesto que trabajaba en el mismo edificio, éste llegó a los pocos minutos. Aunque yo me sentía perfectamente bien, igual que momentos antes, me llevó a casa y llamó por teléfono al tocólogo. Éste no se preocupó especialmente y me dijo que descansara y fuera a verlo en su consulta el lunes. Simplemente tenía que estar en cama, controlarme la temperatura y evitar hacer esfuerzos, me dijo.

Eso es fácil de decir para un hombre. Si me iban a hospitalizar el lunes, tenía que hacer algunos preparativos. Me pasé el fin de semana cocinando platos para congelar, para Manny y Kenneth, y dejando lista una maleta con ropa. El lunes por la mañana me sentía bien, pero cuando entré en la consulta del tocólogo tenía la pared abdominal tan dura como una piedra. El médico se alarmó y asustó por esa anomalía. Pensó que era peritonitis, una peligrosa infección que se podría haber evitado si me hubiera visitado el día que rompí aguas.

Me llevaron a toda prisa al Hospital Católico, que estaba cerca, y allí las monjas se dispusieron a inducir el parto, mientras mi médico me informaba que era probable que el bebé fuera demasiado pequeño para sobrevivir. Ciertamente no iba a tolerar ningún tipo de analgésico, me dijo. Mientras me decía eso, yo ya estaba experimentando fuertes dolores. Un simple toque en el abdomen me producía un dolor terrible, oleadas tras oleadas de dolor, hasta dejarme extenuada.

Observé que las monjas habían preparado una mesa con un recipiente de agua bendita y todo lo necesario para el bautismo. Sabía lo que significaba eso; suponían que el bebé iba a morir. En lugar de ocuparse de mí y mi salud, querían asegurarse de poder bautizar al recién nacido antes de que muriera.

Durante cuarenta y ocho horas navegué por oleadas de dolores, perdiendo y recuperando el conocimiento. Manny estaba sentado a mi lado, pero no podía hacer nada para acelerar el parto. Casi dejé de respirar una vez, y varias veces tuve la impresión de que me estaba muriendo. Hacia el final, el médico me puso una inyección espinal a fin de aliviarme el dolor, pero nada dio resultado. Lo que fuera a ocurrir tenía que ocurrir naturalmente. Por fin, después de dos días de dolores, oí el llanto de un recién nacido. "Es una niña", dijo alguien.

Aunque todos esperaban un bebé muerto, Barbara estaba muy viva y luchando por continuar así. Pesó casi 1,400 kilos. Alcancé a mirarle detenidamente la carita antes de que una monja se la llevara para ponerla en la incubadora. Más adelante yo haría notar la similitud con mi nacimiento, cuando era una "cosita de novecientos gramos" que nadie esperaba que sobreviviera. Pero entonces, agotada por los incesantes dolores, apenas tuve energías para sonreír por el nacimiento de la hija que tanto deseaba, y después caí en un sueño profundo y reparador.

Después de pasar tres días en el hospital, volví a casa, pero desgraciadamente no me permitieron llevarme a mi bebé. A la pequeña le costaba ganar peso, por lo cual los médicos consideraron que debía continuar en el hospital hasta que estuviera más fuerte. Durante la semana siguiente iba en coche hasta allí cada tres horas para amamantarla. A los pediatras no les sentó bien que les dijera que podía cuidar mejor de mi hija en casa, pero finalmente, al cabo de siete días, me puse mi bata blanca de laboratorio y yo misma saqué a mi hija del hospital.

Bueno, el cuadro estaba completo. Tenía un hogar,un marido y mis hermosos hijos Kenneth y Barbara. El trabajo en casa se multiplicó, pero recuerdo una noche cuando estaba en la cocina contemplando a Kenneth meciendo a su hermanita sobre las rodillas; Manny estaba sentado en su sillón leyendo. Mi pequeño mundo estaba en orden.

Sin embargo Manny, que era el único neuropatólogo de Denver, comenzó a sentirse inquieto e impaciente; allí no veía satisfechas sus ambiciones y ansiaba más estímulo intelectual. Yo lo comprendí y le dije que buscara otro puesto. Yo iría adondequiera que él encontrara una buena colocación para los dos.

En la primavera de 1965 llevé a los niños a Suiza a pasar unos días, y cuando volvimos Manny ya había encontrado puestos para los dos o bien en Albuquerque (Nuevo México) o en Chicago. No fue difícil hacer la elección.

A comienzos del verano nos trasladamos a Chicago. En realidad encontramos una casa moderna de dos plantas en Marynook, un barrio de clase media en que se practicaba la integración racial. Manny aceptó una buena oferta del Centro Médico de la Universidad No-roriental, y yo entré en el departamento psiquiátrico del Hospital Billings, que estaba asociado con la Universidad de Chicago, y organicé las cosas para someterme a psicoanálisis en el Instituto Psicoanalítico.

El análisis no era algo que me entusiasmara mucho. Lo olvidé convenientemente hasta que un día sonó el teléfono cuando estaba sacando cosas de las cajas de mudanza. Oí una voz masculina autoritaria y arrogante. Eso ya me desmoralizó. Esta persona me llamaba para decirme que mi primera sesión con un analista muy bien seleccionado por el Instituto estaba programada para el lunes siguiente.

Le expliqué que acabábamos de mudarnos y que todavía no tenía a nadie con quien dejar a los niños, de modo que esa hora no me convenía. Pero él no aceptó excusas.

A partir de allí todo fue de mal en peor. Para la primera sesión me hicieron esperar cuarenta y cinco minutos. Cuando el analista me hizo entrar en su consulta, me senté y esperé sus instrucciones. No ocurrió nada. Transcurrió el tiempo en un terrible y rígido silencio. El analista se limitaba a mirarme tristemente. Me sentí como si me estuvieran torturando.

- ¿Piensa seguir sentada ahí en silencio? —me preguntó finalmente.

Creí que ésa era la señal para que empezara a hablar, de modo que me esforcé por contarle cosas de mi vida cotidiana y de las dificultades que había supuesto para mí el hecho de ser trilliza. Pero a los pocos minutos me interrumpió. Me dijo que no entendía una sílaba de lo que decía y que mi problema era evidente. Tenía un impedimento en el habla.

- No sé cómo el Instituto la ha elegido para adiestrarse en psicoanálisis. Ni siquiera sabe hablar.

Consideré que eso ya era suficiente. Me levanté y salí dando un portazo. Esa noche me llamó a casa para pedirme que volviera para otra sesión, aunque sólo fuera para poner término a nuestra aversión mutua. No sé qué loco motivo me indujo a aceptar. Pero la segunda sesión duró aún menos tiempo que la anterior. Llegué a la conclusión de que simplemente no nos caíamos bien y que no tenía ningún sentido tratar de averiguar por qué.

De todas formas no renuncié al análisis. Después de pedir recomendaciones, al fin programé con el doctor Helmut Baum una serie de sesiones que continuaron durante treinta y nueve meses. Finalmente comprendí que el análisis tenía cierto valor. Me sirvió para conocer con más profundidad mi personalidad, para explicarme por qué era tan testaruda e independiente.

Todavía no me había convertido en entusiasta de la psiquiatría clásica, ni de los muy publicitados descubrimientos farmacéuticos de mi departamento. Encontraba que se confiaba demasiado a menudo en los medicamentos. Pensaba que no se tomaban suficientemente en cuenta las condiciones sociales, culturales y familiares del paciente. Tampoco me gustaba la insistencia en que había que publicar artículos científicos ni el relieve que se les daba. En mi opinión, se daba más importancia a los académicos que escribían esos trabajos que al trato a los pacientes y sus problemas.

Sin duda por ese motivo lo que me gustaba por encima de todo era trabajar con estudiantes de medicina. A ellos les interesaba discutir nuevas ideas, opiniones, actitudes y proyectos de investigación. Leían con avidez los estudios de casos clínicos. Deseaban tener experiencias propias. En poco tiempo mi despacho se convirtió en un imán para esos alumnos, que propagaron el rumor de que en el campus existía un lugar donde se podían airear las opiniones y problemas ante una oyente paciente y comprensiva. Allí escuché todo tipo de preguntas imaginables. Y entonces ocurrió algo que me demostró por qué no era casualidad que estuviera en Chicago.

SOBRE LA MUERTE Y LOS MORIBUNDOS.

Mi vida era un juego malabar que habría asustado a Freud y a Jung. Además de arrostrar el terrible tráfico del centro de Chicago, encontrar una persona que me llevara la casa, batallar con Manny para que me permitiera tener mi propia cuenta corriente y hacer las compras, preparaba mis charlas y era el enlace psiquiátrico con los demás departamentos del hospital. A veces tenía la impresión de que me sería imposible cargar con ni una sola responsabilidad más.

Pero un día del otoño de 1965 golpearon a la puerta de mi despacho. Cuatro alumnos del Seminario Teológico de Chicago se presentaron y me dijeron que estaban haciendo investigaciones para una tesis en que proponían que la muerte es la crisis definitiva que la gente tiene que enfrentar. No sé cómo habían encontrado una transcripción de mi primera charla en Denver, pero alguien les dijo que yo también había escrito un artículo; no lograban encontrarlo y por eso acudían a mí.

Se llevaron una desilusión cuando les dije que ese artículo no existía, pero los invité a sentarse y charlar. No me sorprendió que los alumnos del seminario estuvieran interesados en el tema de la muerte y la forma de morir. Tenían tantos motivos para estudiar la muerte como cualquier médico; también trataban con moribundos. Ciertamente se planteaban preguntas sobre la muerte y el morir que no se podían contestar leyendo la Biblia.

Durante la conversación reconocieron que se sentían impotentes y confusos cuando la gente les hacía preguntas acerca de la muerte. Ninguno de ellos había hablado jamás con moribundos ni había visto un cadáver. Me preguntaron si se me ocurría de qué modo podrían tener esa experiencia práctica. Incluso sugirieron observarme cuando yo visitaba a un moribundo. En esos momentos yo no sabía lo que me ofrecían con esa propuesta: un acicate para mi trabajo con la muerte y la forma de morir.

Durante la semana siguiente pensé en que mi trabajo como enlace psiquiátrico me brindaba la oportunidad de comunicarme con pacientes de los departamentos de oncología, medicina interna y ginecología. Algunos padecían enfermedades terminales, otros tenían que esperar sentados, solos y angustiados, los tratamientos de radio y quimioterapia, o simplemente que les hicieran una radiografía. Pero todos se sentían asustados y solos, y ansiaban angustiosamente poder hablar con alguien de sus preocupaciones. Yo hacía eso de modo natural. Les hacía una pregunta y era como abrir una compuerta.

Así pues, durante mis rondas visité las salas en busca de algún moribundo que estuviera dispuesto a hablar con los estudiantes de teología. Les pregunté a varios médicos si tenían algún paciente moribundo, pero reaccionaron disgustados. El médico que supervisaba las habitaciones donde se concentraba la mayor parte de los enfermos terminales no sólo me negó el permiso para hablar con ellos sino que me reprendió por "explotarlos". En aquel tiempo pocos médicos reconocían siquiera que sus pacientes se estaban muriendo, de modo que lo que yo pedía era muy revolucionario. Probablemente debería haber sido más delicada y hábil.

Finalmente un médico me señaló un anciano de su sector, que se estaba muriendo de enfisema; me dijo algo así como "Pruebe con ése, no le puede hacer daño". Inmediatamente entré en la habitación y me acerqué a la cama del enfermo. Tenía insertados tubos para respirar y era evidente que estaba muy débil. Pero me pareció perfecto. Le pregunté si le molestaría que al día siguiente trajera a unos alumnos para que le hicieran preguntas sobre cómo se sentía en ese momento de su vida. Me pareció que comprendía mi misión. Pero me dijo que los trajera inmediatamente.

- No, los traeré mañana —le dije.

Mi primer error fue no hacerle caso. Quiso advertirme que le quedaba muy poco tiempo, pero no lo escuché. Al día siguiente llevé a los cuatro seminaristas a su habitación, pero se había debilitado muchísimo más, de modo que apenas pudo pronunciar una o dos palabras. Pero me reconoció y agradeció nuestra presencia apretándome la mano con la suya. Una lágrima le corrió por la mejilla.

- Gracias por intentarlo —le susurré.

Estuvimos acompañándolo un rato y después llevé a los estudiantes de vuelta a mi despacho, donde al cabo de un momento recibí el mensaje de que el anciano acababa de morir.

Me sentí fatal por haber antepuesto las exigencias de mi horario a la petición del paciente. Ese anciano había muerto sin poder decirle a otro ser humano lo que tanto había deseado decir. Más adelante yo encontraría a otro enfermo dispuesto a hablar con mis seminaristas. Pero esa primera lección fue muy dura, y no la olvidaría jamás.

Tal vez el principal obstáculo que nos impide comprender la muerte es que nuestro inconsciente es incapaz de aceptar que nuestra existencia deba terminar. Sólo ve la interrupción de la vida bajo el aspecto de un final trágico, un asesinato, un accidente mortal o una enfermedad repentina e incurable. Es decir, un dolor terrible. Para la mente del médico la muerte significaba otra cosa: un fracaso. Yo no podía dejar de observar que todo el mundo en el hospital evitaba el tema de la muerte.

En ese moderno hospital, morir era un acontecimiento triste, solitario e impersonal. A los enfermos terminales se los llevaba a las habitaciones de la parte de atrás. En la sala de urgencias se dejaba a los pacientes absolutamente solos mientras los médicos y los familiares discutían sobre si había que decirles o no lo que tenían. Para mí, la única pregunta que era necesario plantearse era "¿Cómo se lo decimos?". Si alguien me hubiera preguntado cuál era la situación ideal para un moribundo yo habría retrocedido hasta mi infancia y contado la muerte del granjero que se fue a su casa para estar con sus familiares y amigos. La verdad siempre es lo mejor.

Los grandes adelantos de la medicina habían convencido a la gente de que la vida debe transcurrir sin dolor. Puesto que la muerte iba asociada con el dolor, la evitaban. Los adultos rara vez hablaban de algo que tuviera que ver con ella. Si era forzoso hablar, se enviaba a los niños a otra habitación. Pero los hechos son incontrovertibles. La muerte forma parte de la vida, es la parte más importante de la vida. Los médicos, que eran muy duchos en prolongar la vida, no entendían que la muerte forma parte de ella. Si no se tiene una buena vida, incluso en los momentos finales, entonces no se puede tener una buena muerte.

La necesidad de explorar esos temas a nivel científico era tan grande que fue inevitable que la responsabilidad recayera sobre mis hombros. Tal como ocurría con las clases que impartía mi mentor el profesor Margohn, mis charlas sobre la esquizofrenia y otras enfermedades mentales se consideraban heterodoxas, pero eran muy populares en la Facultad de Medicina. Los alumnos más osados e inquisitivos comentaron mi experiencia con los cuatro estudiantes de teología. Poco después de Navidad, un grupo de alumnos de las facultades de Medicina y Teología me preguntaron si podía organizar otra entrevista con un enfermo moribundo.

Acepté intentarlo, y seis meses después, a mediados de 1967, ya dirigía un seminario todos los viernes. No asistía a él ni un solo médico del hospital, hecho que reflejaba la opinión que les merecían mis clases, pero éstas tenían muchos adeptos entre los alumnos de medicina y teología; asistía además un sorprendente número de enfermeros, enfermeras, sacerdotes, rabinos y asistentes sociales. Dado que muchas personas tenían que permanecer de pie, trasladé el seminario a un aula más amplia, aunque la entrevista con el enfermo moribundo la realizaba en una sala más pequeña provista de un cristal reflectante sólo transparente por un lado, y de un sistema audiotransmisor, para que por lo menos existiera la ilusión de intimidad.

Todos los lunes comenzaba a buscar un paciente. Nunca fue fácil, dado que la mayoría de los médicos me creían trastornada y consideraban que en los seminarios explotábamos a los enfermos. Mis colegas más diplomáticos se disculpaban diciendo que sus pacientes no eran buenos candidatos. La mayoría sencillamente me prohibía hablar con sus pacientes más graves. Una tarde estaba con un grupo de sacerdotes y enfermeras en mi despacho cuando sonó el teléfono y por el receptor se oyó la voz estridente y furiosa de un médico: "¿Cómo tiene el descaro de hablarle a la señora K. de la muerte cuando ni siquiera sabe lo enferma que está y es posible que vuelva nuevamente a su casa?"

Justamente, ése era el problema. Los médicos que evitaban mi trabajo y mis seminarios por lo general tenían pacientes a los que, lamentablemente, les resultaba difícil enfrentarse a su enfermedad. Dado que los médicos estaban tan ocupados con sus propias preocupaciones, los enfermos ni siquiera tenían la oportunidad de hablar de sus temores.

Mi objetivo era romper esa capa de negación profesional que prohibía a los enfermos hablar de sus preocupaciones más íntimas. Recuerdo una de las frustrantes búsquedas de un enfermo adecuado para entrevistar, que ya he contado antes. Médico tras médico me informaron que en su sector no se estaba muriendo nadie. De pronto vi en el pasillo a un anciano que estaba leyendo un diario, bajo el titular "Los viejos soldados nunca mueren". Por su apariencia pensé que su salud estaba en declive y le pregunté si le molestaba leer sobre esos temas. Me miró con desdén, como si yo fuera igual que los demás médicos que preferían no tener que ver con la realidad. Bueno, resultó ser fabuloso para la entrevista.

Mirando en retrospectiva, creo que mi sexo influía mucho en la resistencia con que me encontraba. Al ser una mujer que había sufrido cuatro abortos espontáneos y dado a luz a dos hijos sanos, yo aceptaba la muerte como parte del ciclo natural de la vida. No tenía otra alternativa; era inevitable. Era el riesgo que se asume cuando se da a luz, a la vez que el riesgo que se acepta simplemente por estar viva. Pero la mayoría de los médicos eran hombres y, a excepción de unos pocos, para todos la muerte significaba una especie de fracaso.

En esos primeros días de lo que se vendría a llamar el nacimiento de la tanatología, o estudio de la muerte, mi mejor maestra fue una negra del personal de limpieza. No recuerdo su nombre, pero la veía con regularidad por los pasillos, tanto de día como de noche, según nuestros respectivos turnos. Lo que me llamó la atención en ella fue el efecto que tenía en muchos de los pacientes más graves. Cada vez que ella salía de sus habitaciones, yo notaba una diferencia palpable en la actitud de esos enfermos.

Deseé conocer su secreto. Muerta de curiosidad, literalmente espiaba a esa mujer que ni siquiera había terminado sus estudios secundarios, pero que conocía un gran secreto.

Un día se cruzaron nuestros caminos en el pasillo. De pronto me dije lo que solía decir a mis alumnos: "Por el amor de Dios, si tienes una pregunta, hazla." Haciendo acopio de todo mi valor, caminé decidida hacia ella, de manera algo agresiva tal vez, lo cual de seguro la sobresaltó, y sin la más mínima sutileza ni encanto le solté:

- ¿Qué les hace a mis enfermos moribundos?

Lógicamente ella se puso a la defensiva:

- Sólo les limpio el suelo —contestó educadamente, y se alejó.

- No me refiero a eso —dije, pero ya era demasiado tarde.

Durante las dos semanas siguientes, nos espiamos mutuamente con cierta desconfianza. Era casi como un juego. Finalmente, una tarde ella se hizo la encontradiza conmigo en un pasillo y me arrastró hacia la parte de atrás del puesto de las enfermeras. Todo un cuadro, una ayudante de cátedra vestida de blanco arrastrada por una humilde mujer de la limpieza, de raza negra. Cuando estuvimos totalmente a solas, cuando nadie podía escucharnos, me contó la trágica historia de su vida y desnudó su alma y corazón de una manera que superaba mi comprensión.

Procedente del sector sur de Chicago, había crecido en un ambiente de pobreza y penalidades. Vivía en una casa sin calefacción ni agua caliente donde los niños siempre estaban malnutridos y enfermos. Como la mayoría de la gente pobre, no tenía ninguna defensa contra la enfermedad y el hambre. Los niños llenaban sus hambrientos estómagos con avena barata, y los médicos eran para otra gente. Un día su hijo de tres años enfermó gravemente de neumonía. Ella lo llevó a la sala de urgencias del hospital de la localidad, pero no la admitieron porque debía diez dólares. Desesperada, caminó hasta el Hospital Condal Cook, donde tenían que admitir a las personas indigentes.

Desgraciadamente, allí se encontró en una sala llena de personas como ella, muy enfermas y necesitadas de atención médica. Le ordenaron que esperara. Pero pasadas tres horas de estar sentada allí esperando su turno, vio a su hijo resollar, lanzar un gemido y morir acunado en sus brazos.

Aunque era imposible no sentir pena por esa pérdida, a mí me impresionó más el modo en que contaba su historia. Aunque hablaba con profunda tristeza, no había en ella nada de negatividad, acusación, amargura ni resentimiento. Su actitud era tan apacible que me sorprendió. Lo encontré tan raro y yo era tan ingenua que casi le pregunté: "¿Por qué me cuenta todo esto? ¿Qué tiene que ver esto con mis enfermos moribundos?" Pero ella me miró con sus ojos oscuros bondadosos y comprensivos y me contestó como si hubiera leído mis pensamientos:

- Verá, la muerte no es una desconocida para mí. Es una vieja, vieja conocida.

Me sentí como la alumna ante la maestra.

- Ya no le tengo miedo —continuó en su tono tranquilo y franco—. A veces entro en las habitaciones de esos enfermos y veo que están petrificados de miedo y no tienen a nadie con quien hablar. Me acerco a ellos. A veces incluso les toco la mano y les digo que no se preocupen, que no es tan terrible.

Después se quedó en silencio.

Poco después conseguí que esa mujer dejara de dedicarse a la limpieza y se convirtiera en mi primera ayudante. Ella me ofrecía el apoyo que necesitaba cuando no lo encontraba en ninguna persona. Eso solo fue una lección que he tratado de transmitir. No es necesario tener un gurú ni un consejero para crecer. Los maestros se presentan en todas las formas y con toda clase de disfraces. Los niños, los enfermos terminales, una mujer de la limpieza. Todas las teorías y toda la ciencia del mundo no pueden ayudar a nadie tanto como un ser humano que no teme abrir su corazón a otro.

Doy gracias a Dios por esos pocos médicos comprensivos que me permitieron acercarme a sus pacientes moribundos. Todas aquellas visitas introductorias seguían el mismo protocolo. Vestida con mi bata blanca, en la cual aparecía mi nombre y mi cargo, "Enlace psiquiátrico", les pedía permiso para hacerles preguntas delante de mis alumnos acerca de su enfermedad, de su estancia en el hospital y cualquier problema que tuvieran. Jamás empleaba las palabras "muerte" ni "morir" mientras ellos no sacaran el tema. Les daba a entender que sólo me interesaban sus nombres, edad y diagnóstico. Generalmente a los pocos minutos el paciente aceptaba. De hecho, no recuerdo que ninguno se haya negado nunca.

Normalmente el auditorio se llenaba media hora antes de que comenzara la charla. Con unos cuantos minutos de antelación yo llevaba personalmente al enfermo, en camilla o silla de ruedas, a la sala para la entrevista. Antes de comenzar me retiraba hacia un lado para rogar en silencio que la persona enferma no sufriera ningún daño y que mis preguntas la estimularan a decir lo que necesitaba decir. Mi súplica se parecía a la oración de los Alcohólicos Anónimos:

Dios mío, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las que puedo cambiar, y la sabiduría para discernir entre ambas.

Una vez que el paciente comenzaba a hablar, y para algunos emitir un simple susurro era un terrible esfuerzo, era difícil parar el torrente de sentimientos que se habían visto obligados a reprimir. No perdían el tiempo con banalidades. La mayoría decía que se habían enterado de su enfermedad no por sus médicos sino por el cambio de comportamiento de sus familiares y amigos. De pronto notaban distanciamiento y falta de sinceridad, cuando lo que más necesitaban era la verdad. La mayoría decía que encontraban más comprensión en las enfermeras que en los médicos. "Ahora tiene la oportunidad de decirles por qué", les apuntaba yo.

Siempre he dicho que los moribundos han sido mis mejores maestros, pero hacía falta tener valor para escucharlos. Expresaban sin temor su insatisfacción respecto a la atención médica, y no se referían a la falta de cuidados materiales sino a la falta de compasión, simpatía y comprensión. A los médicos experimentados les molestaba oírse retratar como personas insensibles, asustadas e incapaces. Recuerdo a una mujer que exclamó casi llorando: "Lo único que quiere el doctor es hablar del tamaño de mi hígado. ¿ Qué me importa a mí el tamaño de mi hígado en este momento? Tengo cinco hijos en casa que necesitan atención. Eso es lo que me está matando. ¡Y nadie aquí me habla de eso!"

Al final de las entrevistas los pacientes se sentían aliviados. Muchos que habían abandonado toda esperanza y se sentían inútiles disfrutaban de su nuevo papel de profesores. Aunque iban a morir, comprendían que era posible que su vida aún tuviera una finalidad, que tenían un motivo para vivir hasta el último aliento. Podían seguir creciendo espiritualmente y contribuir al crecimiento de quienes los escuchaban.

Después de cada entrevista llevaba al enfermo a su habitación y volvía junto a los alumnos para continuar sosteniendo con ellos conversaciones animadas y cargadas de emoción. Además de analizar las respuestas y reacciones del paciente, analizábamos también nuestras propias reacciones. Por lo general, los comentarios eran sorprendentes por su sinceridad. Hablando de su miedo a la muerte, que la hacía evitar totalmente el tema, una doctora dijo: "Casi no recuerdo haber visto un cadáver." Refiriéndose a que la Biblia no le facilitaba respuestas para todas las preguntas que le hacían los enfermos, un sacerdote comentó: "No sé qué decir, así que no digo nada."

En esas conversaciones, los médicos, sacerdotes y asistentes sociales hacían frente a su hostilidad y actitud defensiva. Analizaban y superaban sus miedos. Escuchando a pacientes moribundos todos comprendimos que deberíamos haber actuado de otra manera en el pasado y que podíamos hacerlo mejor en el futuro.

Cada vez llevaba a un enfermo al aula y después lo devolvía a su habitación, su vida me hacía pensar en "una de los millares de luces del vasto firmamento, que brilla durante breves instantes para luego desaparecer en la noche infinita". Las lecciones enseñadas por cada una de estas personas se resumían en el mismo mensaje:

Vive de tal forma que al mirar hacia atrás no lamentes haber desperdiciado la existencia.

Vive de tal forma que no lamentes las cosas que has hecho ni desees haber actuado de otra manera.

Vive con sinceridad y plenamente.

Vive.

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