viernes 29 de julio de 2011

BIOGRAFÍA DE ELISABETH KÜBLER-ROSS. ETAPA DEL OSO, LOS PRIMEROS AÑOS DE LA VIDA ADULTA DE NUESTRA HEROÍNA

 

ETAPA DE "EL OSO" (edad madura, primeros años)

El oso es muy comodón y le encanta, hibernar. Al recordar su mocedad, se ríe de las

correrías del ratón.

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rueda de la vidaEli, al salir del campo de concentración polaco de Maidanek, después de que Golda, la chica superviviente de la cámara de gas, le dijera que todos llevamos un Hitler dentro, si somos condicionados por las creencias de nuestro entramado social a actuar como él (como les pasó a los alemanes de entonces, quienes se creyeron que eran la raza aria superior) recordó la elección que había hecho Golda de no seguir esparciendo, -al salir de Maidenek con vida, la semilla del odio y la venganza. Nuestra Eli tomó una resolución, importante resolución que sigue hasta el día de hoy, pues me ayuda a establecer lo mismo que entonces decidió como el tema central de su vida: que las generaciones futuras no vuelvan a crear un Hitler nunca más.

Golda: Si yo logro que una sola persona cambie los sentimientos de odio y venganza por los de amor y compasión, entonces he sido digna de sobrevivir.

Lo comprendí y me marché de Maidanek transformada para siempre. Me sentí como si mi vida hubiera comenzado de nuevo.

Todavía deseaba estudiar en la Facultad de Medicina, pero decidí que la finalidad de mi vida era procurar que las generaciones futuras no crearan a otro Hitler.

Un poema que estaba en el cabecero de la cama de huéspedes de su abuela decía así:

Cuando crees que ya no puedes más

siempre aparece (como salida de la nada)

una lucecita.

Esta lucecita renovará tus fuerzas

Y te dará la energía

Para dar un paso más

Así es como ella siguió dando pasos en su vida cuando se le partía el corazón ante un nuevo encuentro con la indignidad con la que vivían muchos seres humanos, así es como sigo andando yo cuando me pasa lo mismo.

EN CASA PARA CENAR

Afortunadamente existen jefes como el catedrático Amsler. Era un excelente cirujano oftalmólogo, pero esa pericia se veía superada por los rasgos que lo convertían en un admirable ser humano: la comprensión y la compasión. Yo aún no llevaba cumplido un año trabajando en el hospital de la universidad cuando me permitió marcharme para colaborar en otras tareas como voluntaria, y cuando volví a aparecer me acogió en mi antiguo puesto. "Debe de haber llegado el invierno, porque la golondrina ha vuelto a casa", comentó cuando llegué.

Mi viejo laboratorio en el sótano me pareció un paraíso. Reanudé el mismo trabajo y la investigación. Pero pronto el doctor Amsler se dio cuenta de que yo había cambiado y que era capaz de hacer frente a más responsabilidades. Me destinó al sector de niños. Allí hacía pruebas a los niños que estaban perdiendo la vista para detectar si se trataba de oftalmía simpática o de un tumor maligno. Mi método para tratarlos era diferente del de sus padres y médicos. Hablaba francamente con ellos, los escuchaba expresar su temor de quedar ciegos y observaba con qué franqueza reaccionaban. También allí estaba adquiriendo saberes que me serían útiles después.

Me encantaba mi trabajo en el laboratorio del sótano con esas personas que padecían afecciones oculares. El trabajo llevaba horas; había muchas mediciones y pruebas que hacer. Nos exigía pasar largos períodos juntos en la oscuridad, lo que era perfecto para conversar. Incluso los más reservados, desconfiados y tímidos se sinceraban conmigo en ese ambiente íntimo. Yo sólo era una técnica de laboratorio de veintitrés años, pero aprendí a escuchar como una psiquiatra mayor y más experimentada.

Todo lo que hacía reforzaba mis deseos de estudiar medicina. No veía el momento de aprobar el Matura, el difícil examen de admisión a la universidad; hice planes para asistir a clases vespertinas a fin de preparar las asignaturas que tenía pendientes, tales como literatura alemana, francesa e inglesa, geometría, trigonometría, y la más temida de todas, latín.

Pero llegó el verano y su cálida brisa me trajo noticias del Servicio de Voluntarios por la Paz. Un grupo de voluntarios estaba construyendo un camino de acceso a un hospital de Recco, en Italia. Necesitaban urgentemente una cocinera. Ni siquiera tuvieron que preguntarme si me interesaba, porque varios días después ya estaba trabajando con un pico durante el día y cantando alrededor de una hoguera por la noche en la Riviera italiana. Nada habría sido para mí más satisfactorio. Mi encantador profesor Amsler me había garantizado que podía volver a mi trabajo, y mis padres habían dado su aprobación. Ya se habían acostumbrado a mi modo de ser.

Sólo se me impuso una condición. Cuando estaba a punto de marcharme, mi padre me prohibió viajar al otro lado del Telón de Acero. Lo consideraba peligroso y se imaginaba que yo podía desaparecer.

- Si cruzas el Telón de Acero dejarás de ser hija mía —me advirtió, con la intención de impedírmelo imponiéndome el peor de los castigos.

- Sí, señor —contesté.

Qué tontería, pensaba yo. ¿Para qué preocuparse tanto si yo iba a pasar el verano en Italia?

Pero había buenos motivos. Nos consagramos con tanto denuedo a construir aquel camino que estuvo terminado en un periquete, y a continuación en el Servicio de Voluntarios me eligieron a mí para la urgente tarea de reunir a dos niños con sus padres que estaban en Polonia. La madre era suiza y el padre polaco, y no podían salir del país. Mi trabajo anterior allí me convertía en la mejor candidata para la misión; conocía el idioma, sabía cómo arreglármelas allí y no tenía aspecto sospechoso. Yo acababa de recorrer a dedo todas las principales ciudades italianas para admirar sus increíbles obras de arte. Una aventura más antes de que acabara el verano me sentaría de maravilla; y la oportunidad de volver a ver Polonia. Era un regalo del cielo.

Los niños, un chico de ocho años y una chica de seis, me esperaban en Zúrich. Antes de recogerlos pasé por mi casa para descansar un poco, tomar un refrigerio y coger nuevas mudas de ropa. Si hubiera estado mi madre, tal vez me habría evitado problemas posteriores, pero no había nadie en casa. Olvidando la prohibición de mi padre dejé una nota con un breve saludo y una explicación de mis planes.

En la estación, el jefe del Servicio de Voluntarios de Zúrich añadiría una nueva tarea a mi misión; me pidió que fuera a Praga a comprobar las condiciones en que se encontraba un orfanato. A pesar del riesgo, acepté. Y cualquier temor que hubiera sentido acerca de los posibles peligros se desvaneció durante el viaje tranquilo y sin incidentes hasta Varsovia. Una vez allí, y pese al dominio comunista, entregué los niños a sus padres y después me dediqué a curiosear por la ciudad hasta avanzada la noche. Me sorprendió agradablemente ver caras sonrientes, flores en los mercados y muchos más alimentos que los que había visto allí hacía dos años.

Praga presentaba una imagen muy diferente. Antes de atravesar las barreras levantadas en las afueras de la ciudad uno debía someterse a un minucioso y humillante registro; tuve que desnudarme, como si fuera una delincuente. Los desagradables guardias incluso me robaron el paraguas y otras pertenencias. Fue la primera vez en todos mis viajes que pasé miedo. En cuanto a la ciudad, guardo un mal sabor de negatividad y desconfianza de todos los lugares que visité. Tiendas vacías, caras tristes y ni una sola flor a la vista. Habían ahogado todo el espíritu.

El orfanato resultó ser una pesadilla. Se me partió el corazón de pena por los niños que vivían allí. Su situación era repugnante; sucios, mal alimentados y, lo peor de todo, desprovistos por completo de cariño. En todo caso, yo no podía hacer nada. Los policías no se apartaron de mí durante toda la visita, y por último me dijeron claramente que no era bienvenida allí.

Aunque me sentí furiosa, no era ninguna tonta. No había manera de combatir contra el potente ejército checo y ganar. Pero tampoco no iba a huir derrotada. Antes de salir del orfanato vacié mi mochila y regalé toda mi ropa, zapatos, mantas y todo lo demás que llevaba. Durante el corto viaje de regreso a Zúrich pensé que ojalá hubiera podido hacer más en Praga, pero me consolé con la vislumbre de esperanza que quedaba en Varsovia.

"Jejdje Polska nie ginewa", entoné en voz baja. "Polonia aún no está perdida. No, Polonia aún no está perdida."

Como todos los hijos, siempre me emocionaba volver a casa después de un viaje, particularmente de ése. Cuando llegué a la puerta del apartamento, que no era capaz de contener los exquisitos efluvios de las deliciosas comidas de mi madre, oí una animada conversación en medio del ruido de platos y fuentes. La voz más alta, que hacía muchísimo tiempo que no oía, me hizo brincar de alegría; era la de mi hermano. Ernst llevaba años viviendo en Paquistán y la India. Nuestra comunicación había sido por correo y muy superficial, lo que convertía su excepcional visita en algo muy especial. Pensé que tendríamos muchísimo tiempo para charlar y ponernos al día y para ser una familia completa como en los viejos tiempos.

Pero mis pensamientos resultaron ser sólo ilusiones. Mientras permanecía allí preguntándome cómo estaría Ernst después de tanto tiempo, repentinamente se abrió la puerta. Allí estaba mi padre, que me había visto por la ventana, impidiéndome el paso. Estaba furioso.

- ¿Quién es usted? —me preguntó muy serio—. No la conocemos.

Supuse que iba a sonreír y decirme que era una broma, pero me cerró bruscamente la puerta en las narices. Comprendí que había descubierto dónde había estado. No recordaba la nota escrita a toda prisa, pero entendí que me castigaba por ser desobediente. Oí alejarse sus pasos por el parqué y después, silencio. Dentro de casa se reanudó la conversación, aunque menos animada que antes, y ni mi madre ni mis hermanas acudieron a rescatarme. Conociendo a mi padre, me imaginé que les había prohibido acercarse a la puerta.

Si ése era el precio que tenía que pagar por hacer lo que me parecía correcto y no lo que se esperaba de mí, entonces no tenía otra opción que ser tan dura o más que mi padre. Pasados unos momentos de angustia, finalmente me fui caminando sin rumbo por la Klos-bachstrasse hasta llegar a la pequeña cafetería de la estación de tranvías, donde había un lavabo y podría comer algo. Pensé que podría dormir en mi laboratorio, pero el problema era que no llevaba ninguna muda de ropa; la había regalado toda en Praga.

Entré en la cafetería y pedí algo para comer. No me cabía duda de que mi madre estaría dolida con mi padre, pero le sería imposible hacerle cambiar de opinión. Ciertamente mis hermanas podían haberme ayudado, pero las dos tenían su propia vida. Erika se había casado, y Eva estaba prometida con Seppli Bucher, campeón de esquí y poeta. Era evidente que yo estaba sola y todo era un lío. Pero no sentí ningún pesar. Muy a tiempo recordé un poema que tenía colgado mi abuela encima de la cama para huéspedes, donde había pasado muchas noches cuando era niña. Más o menos traducido, decía:

Cuando crees que ya no puedes más

siempre aparece (como salida de la nada)

una lucecita.

Esta lucecita renovará tus fuerzas

Y te dará la energía

Para dar un paso más

Estaba tan agotada que empecé a quedarme dormida apoyada en la mesa. De pronto desperté sobresaltada al oír mi nombre; levanté la vista y vi a mi amiga Cílly Hofmeyr que me hacía señas desde el otro lado de la cafetería. Vino a sentarse a mi mesa. Cilly era una prometedora logoterapeuta que se graduó en el hospital cantonal; coincidió al mismo tiempo que yo obtenía el título de técnica de laboratorio. Desde entonces no nos habíamos visto, pero ella seguía siendo la misma chica simpática y atractiva que yo recordaba. En seguida me contó lo mucho que deseaba mudarse del apartamento de su madre e independizarse.

Resultó que llevaba semanas buscando apartamento y sólo había encontrado uno asequible para sus medios. Era un ático sin ascensor, al que se ascendía por una escalera de noventa y siete peldaños, pero daba al lago de Zúrich y la vista era maravillosa; además tenía agua corriente y estaba muy bien situado en cuanto a medios de transporte. La única pega era que el dueño sólo lo alquilaba si el arrendatario accedía a alquilar también una habitación que estaba separada del resto por el pasillo. Eso la decepcionaba, pero a mí me pareció perfecto.

- ¡Cojámoslo! —exclamé, incluso antes de explicarle la situación en que me encontraba.

Al día siguiente firmamos el contrato de alquiler y nos mudamos. A excepción de un precioso y enorme escritorio antiguo, mis muebles procedían del Ejército de Salvación. Cilly, que se dedicaba a la música con mucho talento, logró meter, no sé cómo, en su apartamento un piano de media cola. Esa tarde fui a casa aprovechando que no estaba mi padre, y le expliqué a mi madre dónde estaba viviendo, sin olvidar contarle lo de la preciosa vista que tenía desde mi pequeña ventana. También me llevé ropa y la invité a visitarme con mis hermanas.

Aunque mis cortinas eran unas sábanas viejas, mi nuevo hogar era un nido acogedor. Cilly y yo teníamos invitados casi todas las noches. Sus amigos de la orquesta de cámara de la localidad nos proveían de música maravillosa, y mi colección de universitarios extranjeros, nostálgicos de su hogar, nos proveía de conversación intelectual. Un estudiante de arquitectura turco nos llevaba su propia cafetera de cobre y ‘halva’ (postre turco) para postre.

Mis hermanas me visitaban con frecuencia. No era una casa preciosa, como la de mis padres, pero yo no la habría cambiado por nada del mundo.

En otoño de 1950 me dispuse a hacer lo necesario para entrar en la Facultad de Medicina. Me pasé todo el año siguiente trabajando durante el día en el laboratorio con el profesor Amsler y estudiando por la noche para el Matura. El programa de estudios incluía desde trigonometría y Shakespeare hasta geografía y física. Lo normal eran tres años de preparación, pero con mi acelerado ritmo de trabajo estuve preparada en sólo doce meses.

Cuando llegó el momento, llené la solicitud, pero no tenía los 500 francos suizos para la matrícula. Mi madre no podía ayudarme, porque habría tenido que pedirle ese dinero a mi padre. Por un momento mi situación pareció no tener solución. Pero entonces mi hermana Erika y su marido Ernst me prestaron el dinero que habían ahorrado para una nueva cocina: exactamente 500 francos.

Las pruebas para el Matura tuvieron lugar durante los primeros días de septiembre de 1951. Fueron cinco días completos de exámenes intensivos, entre los cuales había también trabajos escritos. Para aprobar, el promedio de la suma de todas las notas tenía que superar un cierto mínimo. No tuve dificultad en los exámenes de física, matemáticas, biología, zoología y botánica, pero el de latín fue un desastre. Lo había hecho tan bien en todos los demás que el catedrático de latín se mostró muy apenado cuando tuvo que suspenderme. Afortunadamente yo había tomado en cuenta eso cuando preparé mi estrategia de estudios. No tenía la menor duda de que había aprobado.

La notificación oficial me llegó por correo la víspera del cumpleaños de mi padre. Aunque todavía no habíamos hablado, le preparé un regalo especial, un calendario en el cual escribí en las respectivas fechas: "Feliz cumpleaños" y "Aprobé el Matura". Se lo dejé en casa esa tarde, y al día siguiente lo esperé fuera de su oficina para ver su reacción. Sabía que se sentiría orgulloso.

No me equivoqué en mi corazonada. Aunque al principio no pareció alegrarse de verme, su mueca de desagrado se convirtió en una sonrisa. No era lo que se dice una disculpa, pero era la primera muestra de afecto que recibía de él en más de un año. Eso me bastó. El hielo continuó derritiéndose. Esa noche al volver del laboratorio, mis hermanas se presentaron en mi apartamento con un mensaje: "Padre quiere que vayas a cenar a casa."

Ante una deliciosa comida, mi padre brindó por mi éxito. Lo principal era que todos estábamos nuevamente reunidos y por lo tanto celebramos muchas más cosas que mis resultados en el examen.

LA FACULTAD DE MEDICINA

El psiquiatra que más influyó en mi trabajo con la muerte y los moribundos fue C. G. Jung. (otro estupendo ser humano al que también presentaremos en nuestra Familia).Cuando estudiaba primer año de medicina solía ver al legendario psiquiatra suizo dando largos paseos por Zúrich. Ese personaje, al parecer siempre sumido en profundas reflexiones, era una figura conocida en las aceras y los alrededores del lago. Yo sentía una misteriosa conexión con él, una familiaridad que me decía que nos habríamos entendido fabulosamente bien. Pero por desgracia jamás me presenté a él; de hecho, hacía lo imposible por evitar al gran hombre. En cuanto lo divisaba, me cambiaba de acera o tomaba otra dirección. Ahora lo lamento. Pero en ese tiempo pensaba que si hablaba con él me haría psiquiatra, y eso estaba muy al final de mi lista.

Desde el momento en que entré en la Facultad de Medicina, comencé a hacer planes para ser médica rural. En Suiza eso es lo normal, forma parte del trato. Los médicos recién titulados comienzan a ejercer la profesión en el campo. Es como un aprendizaje que introduce a los nuevos galenos en la medicina general antes de que se decidan por alguna especialidad como cirugía u ortopedia. Si les gusta la medicina rural, continúan ejerciéndola en el campo, que era lo que yo me veía haciendo dentro de siete años.

En todo caso, ese sistema era muy eficiente. Producía buenos médicos, cuya primera consideración era el enfermo, muy por delante de la paga.

Tuve un buen comienzo en la facultad; avanzaba como una bala en las materias básicas: ciencias naturales, química, bioquímica y fisiología. Pero mi primer encuentro con la anatomía casi me cuesta la expulsión de la facultad. El primer día observé que todos los alumnos que me rodeaban hablaban un idioma para mí desconocido. Creyendo que me había equivocado de sala me levanté para marcharme. El catedrático, profesor desconsiderado y apegado a la disciplina, interrumpió su disertación y me reprendió por perturbar la clase. Yo traté de explicárselo.

- No se ha confundido —me dijo—. Las mujeres deberían estar en casa cocinando y cosiendo en lugar de estudiar medicina.

Me sentí humillada. Más adelante me di cuenta de que un tercio de la clase eran alumnos procedentes de Israel, que estaban allí gracias a un acuerdo entre los dos gobiernos, y que el idioma extranjero que había oído era hebreo. Después tendría otro encontronazo con el mismo catedrático de anatomía. Cuando se enteró de que varios alumnos de primer año, entre los cuales estaba yo, en lugar de estudiar nos dedicábamos a reunir fondos para ayudar a un estudiante israelí que estaba en muy mala situación económica, expulsó al alumno que organizó la colecta y a mí me dijo que me fuera a mi casa y estudiara para modista.

Fue una lección dura, pero pensé que ese profesor había olvidado otra lección fundamental y decidí soltárselo, arriesgando así mi carrera futura:

- Sólo queríamos ayudar a un compañero en desgracia —le dije—. ¿No juró usted hacer lo mismo cuando recibió el título de médico? (JURAMENTO HIPOCRÁTICO)

Encajó bien mi argumento. Volvieron a admitir al compañero que había sido expulsado y yo continué ayudando a otros, generalmente a algún extranjero. Me hice amiga de vanos alumnos indios. Uno tenía un amigo que había quedado parcialmente ciego a consecuencia de una mordedura de rata. Estaba hospitalizado en el departamento del doctor Amsler, donde yo continuaba trabajando cinco noches a la semana. Ese chico, que era de una aldea próxima al Himalaya, tenía miedo, estaba deprimido, y llevaba días sin comer.

Yo sabía por experiencia lo terrible que es estar enfermo lejos de casa. Así pues, conseguí que le prepararan alguna comida india condimentada con curry. También conseguí permiso para que alguno de sus amigos indios lo acompañara en su habitación fuera de las horas de visita mientras lo preparaban para operarlo. Pequeños detalles. Pero recuperó rápidamente las fuerzas.

En agradecimiento, recibí una invitación del entonces primer ministro Nehru a una recepción oficial en el consulado de la India en Berna. Fue una fiesta muy elegante celebrada al aire libre, en el jardín. Me puse un precioso sari que me habían regalado mis amigos indios. La hija de Nehru, Indira Gandhi, la futura primera ministra, me regaló un ramo de flores acompañado de una mención honrosa, aunque para mí significó muchísimo más su amabilidad personal. Durante la recepción me acerqué a su padre para pedirle que me firmara un ejemplar de su famoso libro The Unity of India (La unidad de la India).

- ¡Ahora no! —me contestó, molesto.

Avergonzada y dolida, di un salto hacia atrás y literalmente aterricé en los brazos extendidos de su hija, Indira.

- No se asuste —me dijo en tono tranquilizador—. Yo conseguiré que se lo firme.

Dicho y hecho, dos minutos después le pasó el libro. Él lo firmó y se lo devolvió sonriendo como si no hubiera pasado nada. Años después yo me vería solicitada para firmar miles de libros, incluso una vez cuando estaba sentada en los lavabos del aeropuerto internacional John Kennedy de Nueva York. Por mucho que deseara gritar "¡Ahora no!", evitaba molestarme y ser brusca con la persona que había comprado mi libro, pues no olvidaba lo ocurrido con el primer ministro indio.

Los estudios eran absorbentes sin ser pesados. Tal vez estaba acostumbrada a trabajos más arduos que los que hacía la mayoría de la gente; tal vez era más organizada. Estudiaba entre clase y clase. Las noches las pasaba en el laboratorio de oftalmología, con lo que tenía ingresos regulares. No es que necesitara mucho para vivir. La mayoría de los días me llevaba un bocadillo, pero de vez en cuando comía con mis compañeros de clase en la cafetería para alumnos. No recuerdo que haya tenido mucho tiempo para estudiar, a excepción de las mañanas durante el trayecto en tranvía cuando me dirigía a clase.

Afortunadamente, tenía una memoria fotográfica para recordar los trabajos realizados en clase y las charlas. Pero el lado negativo era el aburrimiento, sobre todo en clase de anatomía. Durante una charla de repaso, estaba sentada con una amiga en el anfiteatro, hablando de nuestras vidas pasadas y futuras. En broma ella recorrió toda la enorme sala con la vista y apuntó a un guapo alumno suizo.

- Ése es —exclamó riendo—, ése es mi futuro marido. Las dos celebramos el chiste.

- Ahora te toca a ti elegir marido —me dijo.

Yo miré a mi alrededor. Al otro lado de la sala, frente a nosotras, había un grupo de alumnos estadounidenses. Tenían pésima reputación por su mala conducta.

Continuamente hacían bromas y comentarios de mal gusto sobre los cadáveres, algo que otros alumnos encontraban indignante. Yo los detestaba. Pero pese a mi aversión, mis ojos se posaron en uno de ellos, un chico bien parecido de cabellos oscuros. No sé por qué, pero nunca antes me había fijado en él. Ni siquiera sabía su nombre.

- Ése —dije—, ése es el mío.

Más risas por nuestra pueril impulsividad.

Pero en el fondo ninguna de las dos dudaba de que finalmente nos casaríamos con esos hombres. Todo había que dejarlo al tiempo y a la "coincidencia".

En cuanto a mí, nada iba bien tratándose de la clase de anatomía. Comenzó mal, y después pareció empeorar cuando pasamos de las clases básicas al laboratorio de patología, donde se nos dividió en grupos de cuatro y se nos asignó un solo cadáver por grupo. Juré que el catedrático quería desquitarse de nuestras pasadas desavenencias cuando vi con quiénes me había colocado: con tres de los estadounidenses, entre ellos el guapo joven que yo había elegido por marido.

Mi primera impresión de ese grupo, basándome en su forma de tratar el cadáver, no fue buena. Hicieron chistes acerca del cuerpo del muerto, una comba para saltar con sus intestinos y me gastaron bromas respecto al tamaño de sus testículos. No lo encontré nada divertido. Pensé que eran unos vaqueros insensibles y faltos de respeto. Y aunque no era un modo particularmente romántico ni simpático de conocer a mi futuro novio, expresé abiertamente mi opinión. Ese comportamiento y esos chistes despectivos, dije con severidad, eran motivos de expulsión. Además me distraían impidiéndome aprender todo lo referente a vasos sanguíneos, nervios y músculos.

Ellos me escucharon educadamente, pero sólo uno reaccionó, mi elegido. Cuando yo estaba en el apogeo de mi indignación, me dirigió una sonrisa conciliadora y me tendió la mano:

- Hola, me llamo Ross, Emmanuel Ross. Con eso me desarmó. Emmanuel Ross; figura at-lética, de hombros anchos y mucho más alto que yo. Era de Nueva York, lo detecté en seguida: su acento de Brooklyn lo delataba incluso antes de que se le preguntara de dónde era. Entonces añadió algo más: —Mis amigos me llaman Manny.

Incluso cuando nos convertimos en compañeros de laboratorio, hasta que pasaron tres meses no me invitó al cine y a comer algo en una cafetería. Yo sabía que tenía muchas y guapas amigas, pero la amistad que se desarrolló rápidamente entre nosotros nos permitía hablar con franqueza. Manny era el menor de tres hermanos y su infancia había sido más difícil que lo normal. Sus padres eran sordomudos; cuando tenía seis años murió su padre, y la familia se fue a vivir en el pequeño apartamento de su tío. Eran muy pobres; el único regalo que recibiera de su padre, un tigre de peluche, se lo quitaron las enfermeras cuando lo operaron de las amígdalas a los cinco años, y jamás lo recuperó, pues lo habían perdido. Aunque de eso hacía muchos años, noté que todavía le dolía esa pérdida. Para consolarlo le conté lo de mi conejito Blackie.

También me enteré de que había trabajado para pagarse los estudios, hecho su servicio militar en la Armada y terminado los cursos preliminares de medicina en la Universidad de Nueva York. Para evitar la aglomeración de ex soldados que trataban de ingresar en las atiborradas facultades de medicina de Estados Unidos, eligió la Universidad de Zúrich, aunque eso entrañara la dificultad de que los catedráticos emplearan el alemán y que en clase los debates se realizaran en un suizo que llamábamos Schweizerdeutsch (suizo-alemán). Manny, que atribuía parte de su éxito a mi ayuda como intérprete o traductora, fue el primero de los chicos con quienes salí que me hizo pensar en el futuro. Antes de las vacaciones de verano le enseñé a esquiar. Cuando volvimos a encontrarnos en el segundo curso, comencé a hacer planes para librarme de sus otras admiradoras.

Durante el segundo año comenzamos a atender personalmente a los enfermos reales. Yo tenía un instinto detectivesco para hacer buenos y rápidos diagnósticos, y una especial afición por la pediatría, afición que a mi juicio tenía algo que ver con el hecho de haber estado gravemente enferma cuando era niña. O tal vez podría estar relacionada con los recuerdos de la época en que mi hermana Erika estuvo hospitalizada allí.

Afortunadamente no desperdicié mucha energía en dilucidar ese asunto porque estaba ocupadísima tratando de resolver un problema más gordo en potencia: presentar a Manny a mi familia sin que a mi padre le diera un ataque. Las siguientes fiestas de Navidad me depararían esa oportunidad.

Normalmente la Navidad era una celebración muy especial, reservada sólo para la familia, pero la semana anterior obtuve el permiso de mi madre para invitar a su famosa cena de Navidad a tres compañeros de clase elegidos con mucho esmero, entre ellos Manny. Le conté una historia bastante lacrimógena, que en lo esencial era cierta, sobre estos estudiantes que estaban solos, lejos de su casa, sin medios para pagarse una buena cena, adornándola lo suficiente para que mi madre se pasara días preparando todo tipo de platos y golosinas navideños típicos de Suiza para impresionar a los "americanos". Mientras tanto, poco a poco, fuimos acostumbrando a mi padre a la idea de que en la fiesta de Navidad de ese año estaríamos acompañados por personas ajenas a la familia.

Cuando llegó la gran noche, Manny sorprendió agradablemente a mi madre con un ramo de flores frescas, y los tres chicos se conquistaron su simpatía eterna retirando las cosas de la mesa y fregando los platos, cosa que los suizos jamás hacían por propia iniciativa. Mi padre sirvió un vino excelente y después brandy, y eso naturalmente fue seguido por alegres canciones en torno al piano, que continuaron hasta que se consumieron totalmente las muchas velas que iluminaban con su cálido resplandor la sala de estar. Alrededor de las diez de la noche di la señal convenida para que se marcharan mis amigos. "Van a ser las once", anuncié de modo nada sutil. Si los invitados alargaban demasiado su visita, mi padre se lo hacía saber abriendo de par en par la puerta de la calle y las ventanas, aunque la temperatura exterior fuera de diez grados bajo cero; yo quería evitar eso.

Pero mi padre disfrutó realmente de la velada. —Son unos chicos muy simpáticos —me dijo después—. Y Manny es el más simpático de los tres. Es el mejor chico que has traído a casa.

Era cierto. Se había llevado muy bien con todos. Pero todavía quedaba un hecho importante que mi padre no sabía, aunque ese agradable comentario me brindó la ocasión para dejar caer la bomba. —Y piensa que es judío —le dije. Silencio. Antes de que mi padre, que por lo que yo sabía no sentía ninguna simpatía por la comunidad judía de Zúrich, pudiera contestar, me fui a la cocina a ayudar a mi madre, suponiendo que tarde o temprano tendría que abogar por mi amigo. Por suerte no ocurrió esa noche.

Mi padre se fue directamente a la cama sin hacer ningún comentario, reservándolo para la mañana siguiente. Cuando estábamos desayunando dejó caer su bomba.

- Puedes traer a Manny a casa siempre que quieras.

A los pocos meses yo ni siquiera tenía que invitar a Manny. Lo habían aceptado como un miembro más de la familia, así que de vez en cuando iba a cenar aunque yo no estuviera en casa. ,

Tal como se esperaba, en 1955 se celebró una boda. No, no la mía, aunque por esa época Manny y yo habíamos intimado lo suficiente para comprender que acabaríamos casándonos; pero antes teníamos que terminar los estudios. Los novios fueron mi hermana Eva y su prometido Seppli, que se juraron amor eterno en la pequeña capilla donde mi familia había rendido culto durante generaciones. Desde que su compromiso fue formal, mis padres no cesaron de insinuar sutilmente que Seppli no era el mejor partido para mi hermana. ¿Un médico o abogado?, sí. ¿Un hombre de negocios?, por supuesto. Pero ¿un poeta esquiador?, eso era un problema.

Para mí no. Yo defendía a Seppli siempre que se terciaba. Era un ser sensible e inteligente que apreciaba las montañas, las flores y la luz del sol tanto como yo. Durante los fines de semana que solíamos pasar los tres en nuestra cabaña de montaña en Amden, Seppli siempre mostraba una sonrisa de felicidad cuando esquiábamos, cantábamos o tocábamos la guitarra y el violín. Durante las pocas ocasiones en que nos acompañaba Manny, yo observaba que toleraba dormir en un colchón sin ropa de cama y cocinar en un hornillo de leña, y que se admiraba cuando yo le señalaba los diferentes animales y paisajes, pero siempre se sentía aliviado cuando volvía a la ciudad.

Durante el año siguiente no pudimos hacer ni una sola excursión a la montaña por falta de tiempo. Aunque era el último de mis siete años en la facultad, también fue el más difícil. Para cumplir el equivalente suizo de las prácticas como residente, comencé el año trabajando en un consultorio de medicina general en Nieder-weningen, reemplazando a un simpático médico joven que tenía que servir tres semanas en un campamento militar. Recién salida de un moderno hospital docente, experimenté un choque cultural cuando a toda prisa me condujo a través de su consulta domiciliaria y me enseñó el laboratorio, el equipo de rayos X y un sistema de archivo muy particular que contenía los nombres de pacientes de siete pueblos agrícolas. —¿Siete? —exclamé.

- Sí, vas a tener que aprender a conducir una moto —me dijo.

No alcanzamos a tocar el tema de cuándo podría aprender eso. Se marchó casi en seguida, y a las pocas horas recibí la primera llamada de urgencia, de uno de los pueblos circundantes, a unos quince minutos de trayecto. Instalé mi maletín negro con mi instrumental médico en el asiento de atrás de la moto, la puse en marcha tal como me había enseñado y emprendí el primer viaje en moto de mi vida. Ni siquiera tenía permiso de conducir.

El comienzo fue muy bien, pero cuando llevaba un tercio de camino cuesta arriba por la colina sentí que el maletín se deslizaba, y oí un estrépito cuando cayó al suelo y todo su contenido salió desparramado. Volví la cabeza para ver el desastre y al instante comprendí mi error. La moto rebotó sobre un bache, se desvió del camino y después de arrojarme en un terreno pedregoso siguió avanzando sola. Yo me quedé tendida entre el maletín y el lugar donde finalmente fue a parar la moto.

Ésa fue mi introducción al ejercicio de la medicina rural, y también mi presentación en sociedad en el pueblo. Sin que a mí me constara, toda la gente me había visto por las ventanas. Todos sabían que había una nueva doctora, y en cuanto oyeron el ruido de la moto subiendo por la colina corrieron a las ventanas a ver cómo era yo. Me levanté y comprobé que tenía varios rasguños y heridas que sangraban. Unos hombres me ayudaron a poner en pie la moto. Al final logré llegar a la casa, donde atendí a un anciano que temía estar sufriendo un infarto cardíaco. Creo que se sintió mejor tan pronto como vio que mi estado era peor que el de él.

Después de pasar tres semanas en el quinto pino, atendiendo toda clase de males, desde rodillas magulladas a cáncer, volví a mis clases agotada pero más segura de mí misma. Aunque no me interesaban particularmente las asignaturas que me quedaban, no tuve dificultad alguna ni con tocoginecología ni con cardiología. Nos esperaban seis meses de tedio y agobio preparando los exámenes que haríamos ante la Comisión Estatal y que había que superar para recibir el título de médico. Y después ¿qué? Manny insistía en que al salir de la facultad nos fuéramos a Estados Unidos, mientras que yo sentía el deseo de cooperar como voluntaria en la India. Ciertamente teníamos nuestras diferencias, pero mi instinto me decía que lo bueno pesaba más que lo malo.

Fue una época difícil, pero a continuación ocurrió algo que vino a empeorarla todavía más.

MEDICINA BUENA

Los exámenes ante la Comisión Estatal duraban varios días y consistían en pruebas orales y escritas que cubrían todo lo que habíamos aprendido en los últimos siete años. No sólo contaban los conocimientos clínicos sino también la personalidad del estudiante. Yo los aprobé sin dificultad, más preocupada por cómo le iba a ir a Manny que por mis notas.

Pero los médicos se ven a veces enfrentados a situaciones que no se enseñan en la Facultad de Medicina. Me encontré ante una de esas pruebas cuando estaba en medio de mis exámenes finales. Comenzó en el apartamento de Eva y Seppli; yo había ido a tomar café y pasteles con ellos para distraerme del agobio de los exámenes. Cuando estábamos conversando, noté que Seppli estaba muy pálido y con aspecto cansado; no era el optimista de siempre, y estaba más delgado de lo normal, lo que me indujo a preguntarle cómo se sentía.

- Un pequeño dolor de estómago —me contestó—. El doctor dice que tengo úlcera.

Conociendo a mi cuñado, mi intuición me dijo que ese hombre de montaña fuerte y relajado no podía tener úlcera; así pues, me puse muy pesada y diariamente le preguntaba sobre su estado, e incluso fui a hablar con su médico. A éste le sentaron mal mis dudas respecto a su diagnóstico. "Todos los estudiantes de medicina sois iguales —se mofó—, creéis que lo sabéis todo."

Yo pensaba que Seppli estaba gravemente enfermo, y no era la única; Eva sentía temores similares. Angustiada, veía debilitarse la salud de su marido. Para ella fue un gran alivio poder hablar del asunto, incluso cuando yo planteé la posibilidad de que se tratara de cáncer. Llevamos a Seppli al mejor médico que yo conocía, un médico rural de cierta edad que también impartía algunas clases en la universidad, que realmente "escuchaba" a los pacientes y tenía una excelente reputación por sus diagnósticos certeros. Después de un breve reconocimiento, confirmó nuestras peores sospechas y sin pérdida de tiempo programó una operación para la semana siguiente.

Tuve que contestar centenares de preguntas en mis exámenes, pero ninguna se parecía a las que yo tenía en mi cabeza. Eva no era muy fuerte, de modo que yo llevé a su marido al hospital. El cirujano ya me había invitado a estar presente durante la operación. Con Eva habíamos acordado que si el resultado era grave yo la llamaría y le diría "Yo tenía razón". El resto dependería del destino. En cuanto a Seppli, que sólo tenía veintiocho años y llevaba menos de uno casado, afrontaba ese desgraciado giro del destino con la misma elegancia con que practicaba el esquí alpino.

Yo intenté hacer lo mismo cuando entré en el quirófano. Fue terrible el papel de observadora, pero no quité los ojos de Seppli en ningún momento, ni siquiera cuando el cirujano hizo la primera incisión. Una vez abierto el estómago, fue más terrible aún. Primero vimos una pequeña úlcera en la pared interior. Después el cirujano movió la cabeza. Seppli tenía el estómago lleno de densos tumores malignos. No había nada que hacer.

- Lo siento, pero tenías razón en tus corazonadas —comentó el cirujano.

Mi hermana aceptó la noticia en dolorido silencio.

- No se podía hacer nada —le expliqué.

Hablamos de nuestra sensación de impotencia, de nuestra rabia, sobre todo con el primer médico de Seppli que ni siquiera consideró la posibilidad de que fuera algo grave cuando, si se hubiera intervenido a tiempo, quizás hubiera podido salvarle la vida.

Mientras Seppli dormía en la sala de recuperación, me senté en su cama y lo vi en mi imaginación en el hermoso coche antiguo tirado por caballos que los llevó a él y a Eva por la ciudad, hacía menos de doce meses, desde nuestra casa hasta la capilla tradicional para bodas.

En aquella ocasión el mundo parecía estar en orden. Mis dos hermanas estaban casadas, todo el mundo estaba tremendamente feliz y yo esperaba dirigirme al altar en un futuro no muy lejano. Pero al mirar a Seppli comprendí que no se puede contar con el futuro. La vida está en el presente.

Cuando despertó, Seppli aceptó su estado sin hacer ninguna pregunta; escuchó a su médico decirle exactamente lo que necesitaba oír mientras yo le apretaba la mano, como si mi fuerza lo fuera a sanar. Hacerse esas ilusiones es normal, pero no es realista. Al cabo de varias semanas volvió a casa, donde mi hermana le proporcionó cuidados, cariño y comodidad durante los últimos meses de su vida.

Un precioso día de otoño de 1957, los siete años de arduo trabajo dieron su fruto.

- Ha aprobado —me dijo el examinador jefe de la universidad—. Ya es médica.

Mi celebración fue agridulce; estaba deprimida por Seppli, y además me sentía decepcionada porque en el último momento fracasó el proyecto de irme a trabajar seis meses en la India como cirujano; la mala noticia me llegó tan tarde que yo ya había regalado toda mi ropa de invierno. Pero si no hubiera ocurrido eso, probablemente no me habría casado con Manny.

Nos amábamos, pero no éramos la pareja perfecta. Para empezar, él se oponía a mi viaje a la India. Quería que nos fuéramos a Estados Unidos cuando él terminara su último semestre, y mi opinión de Estados Unidos era bastante mala gracias al detestable comportamiento de los estudiantes que había conocido.

Pero cuando se torcieron mis planes, decidí arriesgarme. Elegí a Manny y un futuro en Estados Unidos.

Lo irónico fue que los funcionarios de la embajada de Estados Unidos rechazaron mi solicitud de visado; gracias al lavado de cerebro, suponían que cualquier persona que, como yo, hubiera viajado a Polonia tenía que ser comunista. Pero ese argumento dejó de tener vigencia cuando Manny y yo nos casamos en febrero de 1958. Celebramos una breve ceremonia civil, en gran parte para que Seppli pudiera actuar de padrino antes de que fuera demasiado tarde. Al día siguiente ingresó en el hospital. Tal como fueron las cosas, no habría podido asistir a la boda más espléndida y formal que habíamos pensado celebrar en junio cuando Manny terminara sus estudios.

Mientras tanto acepté un puesto temporal en Lagenthal, donde acababa de morir un médico rural venerado por la población, dejando a su esposa e hijo sin ingresos ni cobertura médica. La mayor parte del dinero que yo ganaba era para ellos, pero tenía todo lo que necesitaba y eso era suficiente. Igual que el médico que me precedió, a mis pacientes sólo les enviaba la factura una vez, y si alguno no podía pagar, no me preocupaba por eso. Casi todos daban algo. Si no podían pagar con dinero, aparecían con cestas a rebosar de frutas y verduras; incluso me llevaron un vestido hecho a mano que me sentó como hecho a medida. El día de la madre recibí tantas flores que mi consulta parecía una sala funeraria.

El día más triste que pasé en Langenthal fue también el más ocupado. Desde el momento en que abrí la puerta por la mañana, la sala de espera estuvo llena. Cuando estaba poniendo puntos de sutura en la herida de la pierna a una niña, recibí una llamada de Seppli; su voz era tan débil que más parecía un susurro. Era casi imposible hablar con él mientras la niñita lloraba sobre la camilla con la pierna a medio coser. Seppli sólo quería pedirme una cosa: que fuera a verlo inmediatamente. Apenada, le expliqué que no podía, ya que la sala de espera estaba atiborrada de pacientes y todavía tenía que cumplir las visitas domiciliarias. Tenía programado ir a verlo dentro de dos días. Tratando de hablar en tono optimista le dije que entonces nos veríamos.

Lamentablemente, no pudo ser así, y estoy segura de que por eso me llamó Seppli, urgiéndome que fuera a verlo una última vez. Como la mayoría de los moribundos que han aceptado la inexorable transición de este mundo al otro, sabía que le quedaba muy poco del precioso tiempo para despedirse. Murió a primera hora de la mañana siguiente.

Después de su funeral, a veces salía a caminar por los ondulantes campos de Langenthal; aspiraba el aire fresco perfumado por las coloridas flores de primavera, mientras pensaba que Seppli estaba en algún lugar por allí cerca. Solía hablar con él hasta sentirme mejor. Pero jamás me perdoné el no haber ido a verlo ese día.

Sabía muy bien que no debe hacerse caso omiso de la sensación de urgencia de un enfermo moribundo. En el campo, la atención a los enfermos era una tarea compartida. Siempre había algún familiar, fuera abuelo, abuela, padre, madre, tía, prima, hijo, o alguna vecina, que ayudaba a cuidar de una persona enferma. Lo mismo ocurría en el caso de enfermos muy graves o moribundos; todo el mundo participaba: amigos, familiares y vecinos. Simplemente se entendía que las personas se ayudan entre sí. De hecho, mis mayores satisfacciones en mi calidad de médico principiante no las recibí en la clínica ni en las visitas domiciliarias sino en las visitas a pacientes que necesitaban una persona amiga, palabras tranquilizadoras o unas pocas horas de compañía.

La medicina tiene sus límites, realidad que no se enseña en la facultad. Otra realidad que no se enseña es que un corazón compasivo puede sanar casi todo. Unos cuantos meses en el campo me convencieron de que ser buen médico no tiene nada que ver con anatomía, cirugía ni con recetar los medicamentos correctos. El mejor servicio que un médico puede prestar a un enfermo es ser una persona amable, atenta, cariñosa y sensible.

LA DOCTORA ELISABETH KÜBLER-ROSS

Era una mujer adulta, una médica en ejercicio y estaba a punto de casarme, pero mi madre me trataba como a una niña pequeña. Me llevó al peluquero a que me arreglaran el cabello, me llevó a una especialista en maquillaje y me obligó a hacer todas esas tonterías femeninas que yo apenas toleraba. También me decía que no me quejara por ir a Estados Unidos, ya que Manny era un hombre inteligente y guapo con el que muchas mujeres desearían casarse. "Probablemente quiere que le ayudes a preparar sus exámenes finales", me decía.

Esa pulla fue una muestra de inseguridad por su parte. Quería que yo apreciara lo que tenía. Pero yo ya me sentía afortunada.

Después de que Manny aprobara los exámenes, y sin mi ayuda, nos casamos. Fue una gran celebración. Mi padre fue el único que no lo pasó en grande. Impedido por la fractura de cadera que había sufrido hacía unos meses, no pudo mostrar su agilidad y majestuosidad en la pista de baile, y eso lo deprimió. Pero lo compensó con creces mediante su regalo de bodas, una grabación de algunas de sus canciones favoritas cantadas por él mismo acompañado brillantemente al piano por Eva.

Después de la boda toda la familia fuimos a la Feria Mundial de Bruselas. Y después mis familiares nos despidieron desde el muelle cuando, junto con varios amigos de Manny que habían asistido a nuestra boda, mi marido y yo subimos a bordo del Liberté, el enorme transatlántico que nos llevaría a Estados Unidos. Ni las exquisitas comidas, ni el sol ni el baile en cubierta lograron calmar la tristeza que sentía al dejar Suiza y partir hacia un país por el que no sentía ningún interés. Sin embargo, me dejé llevar sin discutir, y por lo que escribí en mi diario, se ve que pensaba que era un viaje que tenía que hacer.

¿Cómo saben estos gansos cuándo es el momento de volar hacia el sol? ¿Quién les anuncia las estaciones? ¿Cómo sabemos los seres humanos cuándo es el momento de hacer otra cosa? ¿Cómo sabemos cuándo ponernos en marcha? Seguro que a nosotros nos ocurre igual que a las aves migratorias; hay una voz interior, si estamos dispuestos a escucharla, que nos dice con toda certeza cuándo adentrarnos en lo desconocido.

La noche anterior a nuestra llegada a Estados Unidos, en mi sueño me vi vestida de indio cabalgando por el desierto. En el sueño el sol era tan ardiente que desperté con la garganta seca y dolorida. Repentinamente también sentí sed de esa nueva aventura. Le conté a Manny que cuando era niña dibujaba escudos y símbolos indios y bailaba encima de una roca como un guerrero, a pesar de no haber visto nunca nada de la cultura aborigen de Estados Unidos. ¿Era una casualidad mi sueño? No me pareció probable. Curiosamente, eso me tranquilizó. Como una voz interior, me hizo percibir que lo desconocido podía ser en realidad como ir a casa. Para Manny lo era. Bajo un fuerte aguacero, me señaló la Estatua de la Libertad. Miles de personas esperaban en el muelle para recibir a los pasajeros del barco. Allí estaban la madre de Manny, sordomuda, y su hermana. Durante años había oído hablar muchísimo de ellas. En ese momento sólo tenía muchas preguntas. ¿Cómo serían? ¿Recibirían bien a una extranjera en la familia? ¿A una mujer no judía?

Su madre era una muñeca cuya felicidad al ver a su hijo médico se manifestó en sus ojos con tanta claridad como si lo hubiera dicho con palabras. Su hermana fue otra historia. Cuando nos encontró, estábamos buscando nuestras quince maletas, baúles y cajas. Abrazó con fuerza a Manny; luego, esa mujer de Long Island que tenía una masa de hermosos cabellos muy bien peinados y vestía ropa nueva, me examinó el pelo empapado y la ropa mojada, que me daban el aspecto de haber venido nadando detrás del barco, y miró a su hermano como preguntándole: "¿Esto es lo mejor que lograste encontrar?"

Una vez pasado el control de aduana, donde retuvieron mi maletín médico, fuimos a cenar a casa de la cuñada de Manny. Vivía en Lynbrook, en Long Island. Durante la cena, cometí un pecado no intencionado al pedir un vaso de leche. Lo divertido es que yo jamás bebía leche y habría preferido una copa de brandy, pero creía que en Estados Unidos todos bebían leche; ¿acaso no era "el país de la leche y la miel"? Bueno pues, pedí leche. Mi marido me dio un fuerte pisotón bajo la mesa. Estábamos en una casa kosher*, me explicó.

- Tendrá que aprender a observar el kosher —comentó en tono sarcástico mi cuñada.

Después de la cena entré en la cocina, con la esperanza de estar un rato sola, y sorprendí a mi cuñada de pie junto al refrigerador mordisqueando un trozo de jamón. Al instante me puse de buen humor.

- No tengo la menor intención de observar el ko-sher —le dije—, y supongo que tú tampoco eres muy kosher.

Kosher: alimento conforme a la ley judía. Aplicado a persona o cosa legítima, auténtica, legal.

Mi actitud mejoró un tanto cuando a las pocas semanas Manny y yo nos mudamos a nuestro apartamento. Este era pequeño, pero estaba muy cerca del hospital comunitario Glen Cove, donde los dos trabajábamos de residentes supervisados. Una vez que comenzó el trabajo me sentí notablemente más feliz, aunque el horario era agotador y el salario no nos alcanzaba para tener qué comer hasta fin de mes. Me encontraba muy a gusto al llevar una bata blanca y tener una lista de pacientes para ocupar mis pensamientos y energías.

Mis días comenzaban muy temprano. Preparaba el desayuno para Manny y después los dos trabajábamos hasta bien entrada la noche. Volvíamos a casa juntos, escasamente con las fuerzas suficientes para arrastrarnos hasta la cama. Todos los fines de semana estábamos de guardia en el hospital, atendiendo las 250 camas los dos solos. Mutuamente nos felicitábamos por nuestras fuerzas. Manny era un detective médico meticuloso y lógico; yo era intuitiva y tranquila, capaz de tomar rápidamente las necesarias decisiones en la sala de urgencias.

Rara vez teníamos tiempo para hacer algo que no fuera trabajo, y sí lo teníamos, no disponíamos de dinero. Había excepciones, eso sí. Una vez el jefe de Manny nos regaló entradas para el Ballet Bolshoi; fue una salida especial que nos entusiasmó. Nos pusimos nuestras mejores galas y cogimos el tren para Manhattan. Pero tan pronto como apagaron las luces yo me quedé dormida, y sólo desperté cuando bajaron por última vez el telón.

La mayor parte de las dificultades que tuve procedían de mi adaptación a una nueva cultura. Recuerdo a un joven al que admitieron en la sala de urgencias con un grave problema de oído. Estaba en una camilla, sujeto con correas, como es lo habitual.

Mientras esperaba que lo viera un otorrinolaringólogo, me preguntó si podía ir al rest room, que quiere decir lavabo, pero yo, que jamás había oído esa palabra, creí que era una sala para descansar. Sabiendo que el especialista llegaría en cualquier momento, no podía permitirle ir a ninguna parte. Y antes de volver a salir a hacer mis rondas, añadí:

- Donde mejor va a descansar es quedándose quieto donde está.

La vez siguiente que pasé por ahí, una enfermera estaba desatándole las correas para que pudiera ir al lavabo. Roja de vergüenza escuché la explicación de la enfermera:

- Doctora, tenía la vejiga a punto de estallar.

Pasé un momento aún más humillante cuando estaba de ayudante en el quirófano. Durante la operación, que era de rutina, el cirujano coqueteaba descaradamente con la enfermera, casi sin advertir mi presencia, aunque yo era la que le pasaba los instrumentos que necesitaba. De pronto el paciente comenzó a sangrar.

- Shit! —exclamó el cirujano, olvidando sus coqueteos.

Otra palabra desconocida para mí. Miré la bandeja de instrumentos y en un momento de pánico me disculpé diciendo:

- No sé cuál es el shit.

Después Manny me explicó por qué todos se habían echado a reír (shit significa "mierda"). Pero normalmente él se divertía como todos los demás con lo que él llamaba "mis episodios cómicos". El peor de todos ocurrió la noche en que el jefe de Manny y su esposa nos llevaron a cenar a un restaurante muy elegante.

De aperitivo yo pedí un screwdriver (destornillador); cuando sirvió el plato principal, el camarero me preguntó si deseaba otra bebida. Tratando de hacer una gracia, pero sin saber lo que decía, le contesté "No, thanks, I’ve been screwded enough". ("No gracias, ya me han follado bastante"). El fuerte puntapié que me propinó Manny en la espinilla me dijo que mi salida no había sido ni graciosa ni ingeniosa.

Yo sabía que esas meteduras de pata eran inevitables, formaban parte de mi adaptación a Estados Unidos. Nada me resultó tan duro como no celebrar la Navidad con mi familia. Si no hubiera sido por la bibliotecaria del hospital, mujer de ascendencia danesa, que nos invitó a su casa a cenar, tal vez me habría vuelto a Suiza antes del Año Nuevo. En su casa tenía un árbol de Navidad de verdad, con velitas de verdad, igual que el de mi familia en Suiza. Como les escribí después a mis padres "en la noche más oscura encontré mi velita".

Le agradecí a Dios lo de esa noche, pero ésta no me sirvió para adaptarme mejor que antes. Mis vecinas de Long Island conversaban por encima de las tapias de sus patios haciendo comparaciones entre sus respectivos psicólogos, hablando de las cosas más íntimas como si nada fuese privado. Si eso no era el colmo del mal gusto, encontraba peor todavía lo que veía en las salas infantiles del hospital. Las madres, vestidas como para un desfile de modelos, llegaban a verlos llevándoles juguetes caros que supongo eran para demostrar lo mucho que querían a sus hijos enfermos. Cuanto más grande el juguete, más los querían, ¿verdad? No me extraña que todas necesitaran psicoanalistas.

Un día, a un niño le dio una pataleta colosal cuando su madre olvidó llevarle un juguete. En lugar de decirle "Hola, mamá, me alegro de que hayas venido", la saludó gritándole "¿Dónde está mi regalo?", y la madre salió aterrada, corriendo a la tienda de juguetes. Yo me sentí consternada. ¿Qué pensaban esas madres y esos niños estadounidenses? ¿Es que no tenían valores? ¿De qué servían todos esos regalos cuando lo que realmente necesita un niño enfermo es un padre o una madre que les coja la mano y converse con sinceridad y cariño acerca de la vida?

Tanto rechazo sentía hacia esos niños y sus padres que cuando nos llegó el momento de elegir especialidad, Manny decidió hacer su residencia en patología en el hospital Montefiore del Bronx, mientras que yo resolví postular por lo que llamaba la "minoría depravada", es decir pediatría. La competición por obtener una de las veintitantas vacantes de residencia en el famoso hospital para bebés del Centro Médico Columbia Presbyterian era muy reñida, sobre todo para los extranjeros. Pero el doctor Patrick O’Neal, el liberal y veterano director médico que me entrevistó, jamás había escuchado un motivo como el mío para desear especializarse en pediatría.

- No soporto a estos niños —le confesé—, ni a sus madres.

Sorprendido y confundido, el doctor casi se cayó de la silla. Su expresión exigía que se lo aclarase.

- Si pudiera trabajar con ellos podría comprenderlos mejor —le expliqué—, y tal vez también aprendería a tolerarlos —añadí.

Pese a que no fue muy ortodoxa, la entrevista acabó bien. Al final, el doctor O’Neil, en busca de una respuesta que no fuera un simple sí o no, me explicó que el horario, que exigía guardia de 24 horas en noches alternas, era demasiado agotador para las residentes embarazadas. Sabiendo qué información me pedía, le aseguré que en mis planes no entraba fundar una familia todavía. Al cabo de dos meses encontré en el buzón una carta del Columbia Presbyterian y corrí a abrazar a Manny, que tenía programado comenzar su residencia ese verano. Me habían aceptado, era la primera extranjera admitida como residente pediátrica en ese prestigioso hospital.

Nuestra celebración incluyó la compra de un nuevo Chevrolet Impala color turquesa, derroche que hizo resplandecer de orgullo a Manny. Era como si viera un próspero futuro en su brillante acabado. A eso siguieron más buenas noticias. Después de varias mañanas de desagradables náuseas, descubrí que estaba embarazada. Siempre me había visto como una madre, por lo que me sentí entusiasmada. Por otro lado, el embarazo ponía en peligro mi ambicionada residencia en el hospital. ¿No me había explicado claramente la norma del hospital el doctor O’Neil? Nada de residentes embarazadas. Sí, lo había dicho muy claramente.

Durante unos días acaricié la idea de no decírselo. Estábamos en junio y el embarazo no se notaría hasta dentro de unos tres o cuatro meses. Entonces ya tendría en mi haber tres meses de residencia. Pensé que tal vez si el doctor O’Neil veía lo mucho que yo trabajaba haría una excepción. Pero no podía mentir. Cuando se lo dije me pareció que estaba realmente desilusionado, pero era imposible hacer una excepción a la regla. Lo más que pudo hacer fue prometerme reservarme un puesto al año siguiente.

Ese gesto fue muy simpático, pero no me servía de nada en la situación que me encontraba en esos momentos. Necesitaba un trabajo. A Manny le iban a pagar 105 dólares al mes por su trabajo como residente en el Montefiore, y eso no era suficiente para cubrir nuestros gastos, y mucho menos si teníamos un bebé. No sabía qué hacer. Era ya muy tarde, todos los puestos para residentes de la ciudad estarían ya ocupados.

Una noche Manny me contó que acababa de enterarse de que había un puesto libre para residente en el Departamento de Psiquiatría del Hospital Estatal de Manhattan. No me entusiasmó mucho la idea. El Manhattan era un establecimiento para enfermos mentales, un depósito público para las personas menos deseables y más trastornadas. Lo dirigía un psiquiatra suizo medio chiflado que ahuyentaba a todos los residentes. Nadie quería trabajar con él. Y por encima de todo, yo detestaba la psiquiatría. Estaba en el último lugar de mi lista de especialidades.

Pero necesitábamos pagar el alquiler y poner comida sobre la mesa. Yo necesitaba también tener algo que hacer.

Así pues, me entrevisté con el doctor D. Después de charlar como vecinos en nuestro idioma natal, me marché con la promesa de una subvención para investigación y un salario de 400 dólares al mes. Repentinamente nos sentimos ricos. Alquilamos un precioso apartamento de una habitación en la calle 96 Este de Manhattan. En la parte de atrás había un pequeño jardín. Un fin de semana lo preparé para plantar flores y verduras llevando cubos con tierra desde Long Island. Esa noche no hice caso de unas manchitas de sangre. Dos días después me desmayé en el quirófano durante una operación. Desperté en una habitación del Glen Cove, como paciente, después de haber sufrido un aborto espontáneo.

Manny llenó de flores nuestro apartamento a modo de consuelo, pero el único consuelo real que yo tenía era mi fe en un poder superior. Todo lo que ocurre tiene su motivo, la casualidad no existe. La propietaria de la casa, en el papel de madre suplente, me preparó mi plato favorito, filete mignon, para cenar. Lo irónico era que su hija había salido ese día del mismo hospital después de dar a luz a una niñita sana mientras yo salía con los brazos vacíos. Esa noche oí el llanto de la recién nacida a través de las paredes del apartamento. Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo profunda que era mi pena.

Pero en ello había también otra importante lección, es posible que no obtengamos lo que deseamos, pero Dios siempre nos da lo que necesitamos.

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