Antes de que Anahí empezara su Camino de los Arcángeles con nosotros, me habló de un bello cuento que había contado en el aula de su hija, Isis Namila, a petición de los niños de su clase. Como dibuja 'a las mil maravillas', le propuse que hiciera una ilustración para el cuento y que nos lo enviara.
Anahí está haciendo un Camino muy comprometido, está dando lo mejor de sí para esclarecer su vida y poner los cimientos de Verdad que le ayuden a andar en equilibrio por su vida, poniendo su don al servicio de la Vida, del mundo natural que tanto ama.
Ella misma nos cuenta cómo fue esta bella experiencia con los niños y el bello cuento que nos trae, tan exquisitamente ilustrado.
Gracias Anahí, por haber puesto lo mejor de ti en esta bella ilustración y por acercarnos al corazón este bello cuento.
ANAHÍ NOS CUENTA...
Ahora paso a contarte como sucedió la lectura del cuento en el aula de Namila, (ahora me pide que la llamemos Isis).
Sucedió que un mediodía paso a buscarla y como mi costumbre es pasar por el aula 5 minutos antes de que salieran, los chicos aprovecharon para entregarme una cartita firmada por ellos en dónde me pedían que al día siguiente les leyera un cuento en el aula, me citaron para una hora.
De verdad me dieron una muy grata sorpresa, porque el pedido venía con mucha alegría y entusiasmo, me emocioné tanto que se me cayeron algunas lágrimas. ¡Es hermoso ver la energía de los niños cuando están juntos!
Bueno, entonces tome un cuento de un libro que se titula Pensemos con Cuentos y cuya autora es Sandra Elizabet Roediger.
Es un libro que a través de los cuentos pretende llegar a los niños para mostrarles valores como el respeto, la honestidad, la amistad, la solidaridad, etc.
Me pareció muy oportuno leerles uno que habla del cuidado a nuestra naturaleza en definitiva.
Les preparé un obsequio para cada uno de ellos, consistió en un corazón alado de color rosa para las niñas y azul para los niños. En las alas escribí lo siguiente: "Todo lo que hagas con el corazón contribuirá al bienestar del universo."
Al día siguiente, llegué a la hora convenida y luego de hacerles una breve introducción, les leí el cuento, que a decir verdad, yo lo disfruté muchísimo.
Luego de la lectura, conversamos un poco y cada chico fue comentado su propia experiencia.
Terminado todo eso, les obsequié su presente, ¡¡¡estaban encantados!!!
Realmente fue un muy buen ambiente, se notaba una dulce energía.
Cuando me despedí de ellos, me abrazaban, me besaban y me pidieron pasara otra vez a compartir otra lectura.
La maestra me agradeció y me pidió le facilitara la cartita para sacar una fotocopia y archivarla en el colegio.
Todos los días he sentido el cariño de esos niños hacia mí, porque cuando llegaba al aula me hacían sentir bien, me demostraban su alegría.
En cuanto al dibujo que te envío, al principio no me salía nada, mi página se puso en blanco, y fueron días más tarde en que me surgió la imagen que plasmé en el papel.
Yo empecé el taller de dibujo casi por casualidad porque un día Nami, me dijo que ella quería hacer clases de dibujo y bueno cuando la llevo, a la clase siguiente yo ya estaba dibujando. Siempre sentí atracción, pero era algo que estaba medio dormido, cuando le comento a mi hermana, me dice: ‘Ani, si vos siempre dibujaste bien, creo eso es lo tuyo’.
En realidad dentro de lo que es la temática, más que nada éste año aprendí pintura Rocalla que consiste en dibujar y revestir con con un método petro marmóreo pigmentado, realmente es muy bonito como queda terminado.
Pero este dibujo está hecho con Tizas pasteles.
Bueno es desde lo más profundo de mi corazón para toda la Familia de la Puerta.
Anahi
EL CUENTO DEL CIRUELO, EL VIEJO ÁRBOL AMIGO
¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos aire, animales o plantas? Nos moriríamos.
Gracias a la naturaleza, podemos respirar y alimentarnos y que poco sabemos conservarla.
Los árboles nos ayudan a tener aire puro y los talamos. Hay especies de animales que se están extinguiendo y nos seguimos alimentado con ellos o matándolos sin darles la posibilidad de reproducirse. A otros les quitamos su hábitat para beneficio propio.
Contaminamos todo a nuestro paso y destruimos poco a poco la capa de ozono.
Y que gratificante es amar la naturaleza. Cuando la cuidamos, nos queremos y respetamos, ya que ella nos brinda la mejor de las posibilidades: La continuación de nuestra propia existencia.
Cuando protegemos la siembra, siempre tenemos cosecha.
Cuando alimentamos la cría ésta crece fuerte y sana.
Y si regamos todos los días, la plantita se convertirá en árbol, dándonos el mejor de los frutos.
Si ella siempre nos recompensa ¿Por qué no la ayudamos?
CUENTO DEL VIEJO ÁRBOL CIRUELO, EL AMIGO VERDADERO
Siempre me gustaron los árboles. De chico los miraba, y ellos enormes, majestuosos, se erguían ante mí y sus hojas se movían en un vaivén como saludándome.
Mis padres me inculcaron el respeto por los mayores, por los viejos, como solíamos decir cariñosamente. Y así yo, respetaba a los árboles.
Sentía que tenían sobre sus troncos, historias de vida, sabiduría y fortaleza que sólo se alcanza con los años.
Me maravillaba pensar en todo lo que ellos silenciosamente nos daban: aire puro, refugio en las lluvias, sombra en el verano, un lugar de juego entre sus ramas y hasta un escondite.
A veces los acariciaba pensando cuántos años tendrían, otras veces trataba de calcular su edad, cuando encontraba cicatrices de viejos corazones grabados en sus troncos.
Me alegraba en la primavera, cuando los primeros brotes aparecían y cuando las copas comenzaban a poblarse de hojas, todo parecía tener más vida.
Los nidos de los pájaros y sus pichones, justificaban tanta frondosidad. Y al llegar el otoño y quedar desnudos, desprotegido y mustios, sentía que debía cuidarlos. Por eso me gustaba podarlos para que crecieran fuertes y sanos.
Pero no todas las personas son iguales. No todas aman la vegetación y la naturaleza como yo.
Y mientras pensaba en esto último, recordé una historia que me sucedió cuando iba a la escuela y que para mí, fue muy importante.
En la esquina de mi casa había un terreno baldío, en el que nos juntábamos los chicos del barrio para jugar algunas veces a la pelota, otras al poli-ladrón y muy de vez en cuando a las escondidas. El hecho es que era nuestro punto de reunión para organizar cualquier cosa.
Allí había un viejo árbol enfermo, que en el verano nos daba sombra, cuando nos acostábamos debajo, para encontrarle formas conocidas a las nubes.
Un día, cuando con mis compañeros descubrimos que de las uniones de las ramas, caía una especie de resina y que sus hojas tenían manchitas transparentes, producidas por pulgones que se las comían, decidimos entre todos, tomarnos el trabajo de cuidarlo. Él nos necesitaba, como nosotros a él.
Así hicimos. Por recomendación de familiares y maestros, comenzamos a fumigarlo. Le colgamos de los nudos del tronco, frascos con preparado especial, para evitar que cualquier bichito lo lastime.
Cuando el otoño llegó, le podamos las ramas.
Durante el invierno le controlamos su enfermedad y para nuestra alegría el árbol parecía sanado.
Al llegar la primavera, junto con los primeros brotes, aparecieron tres hombres, dos de ellos con trajes, que señalaban a un tercero, el lugar donde debían tomar mediciones.
Curiosamente me acerqué y les pregunté qué hacían. Uno de ellos, se sonrío y me dijo que iban a construir un gran edificio, y que seguramente iba a haber muchos niños de mi edad para jugar.
Lo primero que atiné a decirles, fue qué iba a pasar con el árbol.
-Lo vamos a sacar, nene –dijo el agrimensor, sacándose los anteojos de sol.
-¡No! –dije bajito. No podía permitirlo. Era el árbol que con tanto cariño habíamos cuidado. Era nuestro árbol.
Inmediatamente salí corriendo a la escuela para informarles a mis amigos lo que estaba sucediendo y entre todos, ideamos un plan para salvar al viejo y querido compañero mudo de las aventuras que realizábamos día a día.
Dibujamos y pintamos muchos carteles en defensa de los árboles y de la ecología en general, y colgándolos sobre nuestros cuerpos, formamos una gran rueda alrededor del árbol, no dejando pasar a nadie.
Éramos pequeños, pero la valentía y coraje que sentíamos era enorme frente a semejante injusticia. Decidimos turnarnos, para poder estar todo el día en el baldío, sin que esto perjudicara las otras actividades que debíamos realizar.
Los mayores no estaban de acuerdo. Para ellos esto era una locura. ¡Qué más daba un árbol menos en éste planeta!
Pero por suerte, empezaron a tomar conciencia y el entusiasmo los fue contagiando. En unos días, padres e hijos, estábamos firmes bajo la copa de nuestro amigo para defenderlo.
Este hecho tuvo una gran repercusión. Primero en el barrio, luego en cuidad y más tarde tomó carácter nacional, cuando las radios y los canales de televisión, pensaron que nosotros éramos un buen producto para aumentar la audiencia.
Lo importante, es que nos escuchaban, que alguien desde su casa, nos apoyaba.
Y pudimos comprobarlo cuando comenzaron a acercarse para brindarnos su ayuda. Nunca imaginamos ver tanta gente aplaudiendo frente a nosotros.
Después de una difícil semana, cuando ya nos sentíamos desmoralizados y pensábamos que nuestro esfuerzo era en vano, sucedió lo inesperado.
Había finalizado mi turno en el terreno y volvía a casa para hacer las tareas escolares, cuando justo a mi lado, estacionó un automóvil lujoso.
Espié de reojo, por simple curiosidad, y vi bajar la ventanilla de la puerta trasera, alguien chistaba.
-¿A mí? –pregunté tocándome el pecho.
-Sí, ven –me contestó una anciana sonriéndome.
Me acerqué intrigado.
-¿Tú eres uno de los chicos que cuida el árbol?
-Sí. ¿Por qué? –contesté.
Y mientras la observaba a la señora, pensaba que en su juventud debía haber sido muy bonita. Aún conservaba rasgos delicados y sus labios estaban bien pintados.
Era una mujer muy fina y elegante.
Continuó diciendo:
-Porque necesito hablar contigo.
-Si…. –dije extrañado, esperando saber qué quería.
-Ese terreno es mío y pensaba venderlo hasta que pasó todo esto….
-¿Su terreno? –pregunté.
No podía creerlo. Tenía a la dueña del árbol frente a mí, y no me animaba a decirle todo lo que pensaba de ella.
-Sí, ese terreno lo heredé de mis padres ¿Y sabes una cosa? El árbol que tanto defienden lo planté con mi mamá, cuando tenía tu edad.
-Ah……-contesté.
-Pero en realidad –prosiguió- vine hasta acá, para decirte a Ti y a tus amigos, que se queden tranquilos. El terreno no lo voy a vender, es más se lo voy a regalar.
Mis ojos se abrieron desmesuradamente al igual que mi boca. ¿Quién me lo iba a creer?
La señora al ver mi rostro, rompió en una sonora carcajada y me prometió que en unos días más, nos iba a entregar los papeles de la propiedad.
Mi corazón latía fuertemente y no sabía que decir. Sólo salir corriendo y contarles a todos la novedad.
Ella se despidió y se fue. Cuando los demás se enteraron, hubo ovaciones y festejos. De ahora en más, el baldío era responsabilidad nuestra y nos comprometimos a hacer de él, un espacio verde para disfrutar en familia.
Hubo donaciones de hamacas y toboganes. Cortamos el pasto, limpiamos el terreno y lo más emotivo fue la construcción de un cantero especial para aquel que al defenderlo, nos daba tantas satisfacciones. También le mandamos a grabar una placa que decía:
“Tu ayudas a que nuestra vida sea mejor, nosotros te ayudamos a continuar con vida”
El día que la colocamos, la señora estuvo a nuestro lado, se acercó al árbol y acarició suavemente su tronco. Dicen algunos de los chicos ahí presentes, que se le escapó una lágrima.
Ese verano, nuestro viejo amigo, como si tuviera capacidad de raciocinio, como si tuviera sentimientos que expresar, nos dio el mejor regalo de agradecimiento, que solo una especie como esa nos puede dar.
Jamás nos hubiéramos imaginado, que aquel a quien cuidamos, sanamos, quisimos, defendimos y respetamos, nos iba a dar por primera vez desde que lo conocimos, tantas ciruelas.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada